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Europa en el Lodazal

En adelante Europa se lo piense mejor antes de definir su política sobre los conflictos
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La actual crisis migratoria que vive Europa, aparte de dejarnos en la memoria hechos e imágenes terribles, desde la atrocidad de los setenta muertos en el camión de Austria hasta el desolador aldabonazo que para cualquier persona con corazón representa la muerte del niño Aylan, nos está sirviendo a los europeos para aprender unas cuantas lecciones, que acaso deberían guiar nuestros pasos en el futuro. En un mundo cada vez más conectado, donde cada vez más gente tiene más información, es inevitable que muchos de los parias y afligidos calculen que la solución a sus males se halla en el continente donde, con todas las disfunciones que se quiera, más y mejor se preservan la dignidad, el bienestar y los derechos de las personas.

Coincide, además, que Europa pilla cerca (en términos relativos) de muchos de los territorios hoy en conflicto; esos países devastados o fallidos de donde ansía escapar una población que sueña con un refugio donde no se vea avasallada, masacrada, oprimida y torturada como lo es en sus países de origen. Así las cosas, y ante lo poco o nada que puede esperarse de la caridad de otros Estados, incluidos esos del Golfo que nadan en petróleo y dinero y a los que algún ingenuo quería estos días pasarles el paquete, los refugiados pugnan por llegar a Europa por tierra, mar y aire, y no van a dejar de hacerlo. Ahora que lo tenemos encima, y si uno se para a pensarlo, no hacía falta más que saber sumar dos y dos para vaticinar lo que iba a ocurrir. Frente a ello, es tan inútil lanzar balones fuera como declinar el marrón alegando falta de capacidad o de culpa por lo que sucede. Están aquí, y encarnan una cruda disyuntiva: o se les acoge, o se les repele con material antidisturbios. No hay tercera vía.

Quizá en adelante Europa se lo piense mejor antes de definir su política en relación con todos esos conflictos, que desde el de Irak hasta el de Libia, pasando por Somalia, Siria, Afganistán o la eterna guerra de Palestina, acaban arrojándole por miles los náufragos a las costas y los fugitivos contra las fronteras. Más a menudo de lo deseable los europeos hemos sido simples comparsas, socios acríticos de otros que perseguían sus propios intereses, que no se iban a ver sacudidos por las consecuencias de dejar sin el amparo de una estructura estatal digna de ese nombre a millones de personas y que ahora silban mirando hacia otro lado o incluso se permiten censurar nuestra torpeza.

Cosas como ésta, en definitiva, no solo ponen de manifiesto la necesidad de articular políticas comunitarias en temas sensibles de política interior, sino sobre todo, la de una política exterior europea capaz de desarrollar, antes de vernos sumidos en el lodazal, acciones preventivas frente a los problemas que siempre van a acabar salpicándonos.

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