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Opinion EDITORIAL

Evitar la tensión innecesaria

Está claro que el referéndum ya está dinamitado por la fuerza del Estado. Puigdemont debería convocar elecciones, el único modo fiable de contar voluntades
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Carles Puigdemont en un acto en favor del sí en Girona. EFE

Carles Puigdemont en un acto en favor del sí en Girona. EFE

Aestas alturas ya resulta más que evidente que lo que se celebra el día 1 de octubre no será un referéndum ni nada que se le parezca. Si el president Puigdemont pidió  a Mariano Rajoy que no subestimara la fuerza de los catalanes, lo mismo podría decirle el presidente del Gobierno respecto a la capacidad del Estado español. Toda la maquinaria de una estructura estatal de siglos puesta al servicio de algo tan sencillo como desbaratar una votación es evidente que no debe mayores problemas para cumplir su objetivo. A dos semanas escasas del día de las votaciones, la convocatoria del 1-o carece de censo, nadie ha recibido las papeletas de votación para saber dónde debe acudir para depositar su voto y en qué mesa deberá votar, no se ha producido que se conozca el sorteo de responsables de mesa, cometido que siempre realizan los ayuntamientos en un pleno extraordinario, las papeletas fían su existencia a la impresión doméstica de los ciudadanos que quieran votar, y así sucesivamente. Si a todo ello añadimos que la campaña es un auténtico despropósito, con incautación de cartelería, prohibición del uso de locales, medios de comunicación advertidos y más de 700 alcaldes llamados a declarar, es evidente que el referéndum está más que dinamitado. Rajoy dijo que no habría referéndum y ya lo ha conseguido. Y aquí está el riesgo. Descartada la posibilidad de que el domingo señalado pueda efectuarse ninguna acción computable en voluntades populares, sólo cabe esperar que el 1-o se convierta en una jornada de movilizaciones, protestas callejeras y tensiones en algunos centros habilitados en principio para votar. En definitiva, estamos ante un escenario poco deseable de confrontación, una circunstancia que el propio movimiento independentista ha rehuido desde un principio e incluso ha presumido de su carácter pacífico y festivo. Puigdemont no debería avergonzarse de tener que arriar la bandera ante la fuerza del Estado y debería convocar elecciones ya. Unas elecciones que digan, está vez sí, cuál es el verdadero reparto de ideas.

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