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Fátima y sus milagros

Reducir el análisis del empleo al número de parados demuestra un simplismo preocupante 

Dánel Arzamendi Balerdi

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La Encuesta de Población Activa publicada la pasada semana tuvo como principal titular la caída del número de parados por debajo de la barrera psicológica de los cuatro millones. La tasa de desempleo se acerca así a niveles de 2008, cuando el ministro Solbes aún despreciaba los avisos de Pizarro sobre la inminente crisis que nos amenazaba. Como ya es costumbre, los nuevos datos han desatado la euforia de la ministra Fátima Báñez, quien no ha dudado en afirmar que España «crea empleo de forma intensa» gracias a un crecimiento económico «sano, sólido y social».

Sin embargo, analizando la última encuesta del CIS, da la impresión de que los españoles observan la situación con mayor escepticismo: el 71% de los ciudadanos señala el paro como principal problema del país, y el 56% considera que la situación económica es mala o muy mala (frente al 5% que la define como buena o muy buena). Algunos piensan que los encuestados sólo ven la botella medio vacía, otros defienden que el gobierno sólo ve la botella medio llena, y otros sospechamos que quizás la ministra se haya bebido la botella entera.

Para empezar, el intento de reducir el análisis del empleo al número de parados demuestra un simplismo preocupante (o un chabacano afán por encubrir la realidad). Si queremos perfilar con mayor precisión el verdadero rostro de nuestro mercado laboral resulta mucho más certero otro dato que el ministerio parece pasar por alto: las horas efectivamente trabajadas. La propia EPA señala que actualmente rondamos los 600 millones de horas semanales, mientras que en los inicios de la crisis superábamos los 650. ¿Mediante qué fórmula milagrosa puede concluirse que volvemos a niveles de hace diez años cuando colectivamente trabajamos 50 millones de horas menos por semana? Si el número de ocupados es cada vez mayor, la única explicación posible es que los empleados a tiempo parcial realizan cada vez menos horas individualmente, con una evidente repercusión retributiva (actualmente existen 1.941.100 personas subempleadas, es decir, contratados que trabajan menos tiempo del que desearían). Por si fuera poco, el descenso del salario medio por hora es una evidencia que ni el gobierno es capaz de refutar, lo que unido a lo anterior conduce inevitablemente a un inquietante proceso de infraremuneración laboral con numerosas derivadas: asalariados bajo el umbral de la pobreza, menor poder adquisitivo con efectos sobre el consumo, insuficiencia de ingresos de la Seguridad Social, etc. ¿Crecimiento «sano»?

Por otro lado, las cifras sobre temporalidad tampoco favorecen el optimismo. Aunque todavía la mayor parte de los empleados disfrutan de un trabajo indefinido, la proporción de contratos temporales vuelve a crecer después de un lustro en sentido contrario. Efectivamente, durante los primeros años de la crisis, la tasa de temporalidad se redujo de forma brutal, puesto que las plantillas fueron drásticamente adelgazadas mediante el despido de los empleados que no disfrutaban de contrato indefinido. Sin embargo, ese proceso concluyó hace un par de años, y desde entonces la proporción de trabajadores temporales vuelve a crecer de forma imparable. Desde 2009 hemos perdido la friolera de 600.000 empleos indefinidos. ¿Crecimiento «sólido»?
El tercer guarismo que cuestiona el optimismo gubernamental es el número de parados de larga duración. Hace una década, la cifra de desempleados que llevaban más de un año en esta situación rondaba el millón de personas. La brutal sacudida que ha sufrido nuestra economía queda en evidencia cuando descubrimos que este dato se ha disparado hasta los 2.135.600 actuales (de ellos, más de medio millón supera los dos años sin encontrar trabajo). Nos encontramos ante un colectivo creciente, con una proporción de mujeres cada vez mayor, que vive una situación angustiosa al verse abocado a la exclusión laboral. ¿Crecimiento «social»?
Debemos reconocer que no todos los datos son negativos, y que denunciar los problemas es tan fácil como complicado es ponerles remedio. Además, es probable que los nuevos tiempos nos obliguen a olvidar para siempre algunas circunstancias del pasado que nunca volverán: sueldazos para jóvenes escasamente formados, granítica estabilidad en el empleo, etc. Sin embargo, parece razonable exigir a nuestros gobernantes que no insulten a nuestra inteligencia afirmando que nos acercamos a la situación laboral previa a la crisis: hoy se trabajan muchas menos horas, se cobra menos por cada una de ellas, la tasa de temporalidad aumenta, los desempleados de larga duración se multiplican… El propio informe sobre paro registrado que se ha publicado esta semana nos pone los pies en el suelo: la evolución mensual refleja el peor dato de julio desde 2008.

Es cierto que los ciudadanos votamos frecuentemente con la parte de nuestra anatomía donde la espalda pierde su santo nombre, pero aun así mantenemos cierta capacidad para observar lo que sucede a nuestro alrededor. Lo digo porque algún día volverá a haber elecciones y resulta difícil confiar en quien te toma por tonto. No lo olviden.

danelarzamendi@gmail.com

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