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Fin de la primera parte

¿Acaso soy yo el vigilante de mi hermana?, puede preguntar el Rey

Manuel Alcántara

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El nuevo president catalán, que no se sabe si es calvo o tiene dos pelucas, nos ha dado a todos los españoles un plazo de 18 meses pasa seguir siéndolo. Tendremos que darnos prisa los que ya estábamos habituados a compartir con ella la historia y la cíclica histeria. «Contigo y con tu castigo». España, que no es ninguna niña sino una madre idiomática de naciones, está en un trance muy parecido al que acertó a enunciar aquel anónimo redactor del programa de festejos de su pueblo, que se prestaba a equívocos: «Impaciente espera la moza que le toquen el Sitio de Zaragoza». Los españoles, también llamados invasores, están sitiados en Cataluña, aunque el líder del PSC, Miquel Iceta, pide que no se olvide al 52% que no votó independencia. Recordó que Junts pel Sí y la CUP no ganaron ese plebiscito en el que se convirtieron las elecciones. ¿Qué puede importar eso cuando lo que se imponen son las argucias sentimentales y el resentimiento sin motivos? El desguace parece inevitable, pero hay que reconocer que los destripadores han escogido un buen momento.

La Fiscalía Anticorrupción y la defensa de la infanta Cristina de Borbón y más Borbón se llevan tan bien que quieren evitar que sea juzgada como ‘cooperadora necesaria’ en dos delitos contra la Hacienda Pública, o sea, contra usted y yo, sofritos a impuestos. ¿Acaso soy yo el vigilante de mi hermana?, puede preguntar el Rey, que en muy poco tiempo se está haciendo una idea bastante aproximada del país que ha tenido la suerte de que le toque en desgracia. Nadie puede creer que el único culpable del robo de más de seis millones de euros sea Iñaki Urdangarin, por muy acostumbrado que esté a encestar. El ruedo está dividido y Rajoy sigue en el burladero y hasta los monosabios se la están jugando, como Diego Torres, que dice que él no tiene la culpa. Quizá en eso lleve razón, porque la culpa es nuestra.

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