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‘Flocking’

Los nuevos tiempos se caracterizan por una predisposición generalizada a opinar en manada, una triste realidad
 

Dánel Arzamendi

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Supongo que todos nos hemos sentido alguna vez hipnotizados por el fascinante movimiento de los estorninos. Asombra la misteriosa sincronización de estas bandadas formadas por miles de ejemplares. Es fácil observarlos dibujando en el cielo formas increíbles junto a la desembocadura del Francolí. Aparentemente no existe un líder que marque el compás colectivo, a diferencia de las migraciones estacionales de patos o gansos, cuya característica formación en uve suele ser comandada por el individuo más experto. Los estorninos ejecutan una coordinación diferente, que se asienta en un curioso instinto natural que les lleva a imitar al ejemplar que decide cambiar de rumbo. Este movimiento se extiende al resto del grupo como un efecto dominó, modelando un espectáculo deslumbrante.

Comportamiento imitativo

El comportamiento imitativo no es exclusivo de estos pájaros. De hecho, la tendencia a adoptar miméticamente las decisiones del entorno es un fenómeno ampliamente estudiado en la naturaleza. A nivel académico se han definido tres reglas que teóricamente explican la forma en que evolucionan dichos movimientos: el principio de separación -evitar el impacto con el resto-, el principio de alineación -adaptarse al rumbo medio colectivo- y el principio de cohesión -orientarse hacia el destino del conjunto-. 

Nuestro espíritu crítico personal no pasa por uno de sus mejores momentos, una evidencia cada vez más preocupante

Este impulso es conocido como flocking, un reflejo frecuente en numerosos enjambres de insectos (abejas, mosquitos, langostas…), en varias especies de peces (todos hemos visto algún documental en el que un banco de sardinas se mueve de forma similar para no caer en las fauces de algún escualo o mamífero marino) y también en animales terrestres (pensemos en un gran rebaño de herbívoros escapando sincrónicamente de un depredador).

Como no podía ser de otra manera, ha habido también quien ha intentado trasladar este estudio al ámbito humano. Por ejemplo, unos biólogos de la universidad británica de Leeds comprobaron empíricamente que la introducción de un individuo con aspecto peligroso en una aglomeración de personas generaba una respuesta de huida que respondía al mismo algoritmo. 
Este experimento se desarrolló en la ciudad alemana de Colonia, demostrando que el cambio de dirección de un 5% de los participantes era suficiente para que el 95% restante adoptara miméticamente su comportamiento. Como curiosidad, algunas teorías defienden incluso que el bostezo contagioso es un vestigio evolutivo de este instinto.

Automatismo e irreflexión

Los acontecimientos políticos que estamos viviendo últimamente invitan a pensar que esta necesidad de imitar los movimientos del entorno no sólo se produce a nivel físico sino también mental. En mi opinión, este inquietante fenómeno tiene tres características fundamentales: automatismo (el cambio de opinión no se produce de forma progresiva sino instantánea), irreflexión (no existe la menor demanda colectiva de motivos que justifiquen el abrupto viraje) y emotividad (el factor de fondo que alimenta ese seguimiento incondicional no hunde sus raíces en un proceso argumentativo sino en un sustrato de carácter eminentemente sentimental).

Cambio de criterio

El problema que se deriva de este fenómeno no es que una parte importante de la población piense en un momento dado que una estrategia política sea acertada o equivocada. Eso es lo de menos. Cada uno analiza la realidad de forma diferente y el respeto a esta variedad es uno de los factores esenciales que miden nuestro grado de civilización. Lo verdaderamente alarmante, por ejemplo, es que la mayor parte de los ciudadanos estén absolutamente de acuerdo en que es acertada, poco más tarde algunos de ellos comiencen a decir que parece incorrecta, e inmediatamente después la gran masa inicial pase a defender que es indiscutiblemente disparatada con el mismo fervor con que sostuvieron originariamente que era fascinante. Y, lo que es más importante, sin pedir a ese 5% decisor ninguna tipo de explicación sobre este brusco cambio de criterio. Fe ciega.

Opinar en manada

Algo estamos haciendo mal a nivel colectivo cuando la sociedad engendra mayoritariamente individuos que consciente o inconscientemente necesitan sincronizar sus pensamientos con las opiniones de la bandada que vuela a su alrededor. Efectivamente, los nuevos tiempos se caracterizan por una predisposición generalizada a opinar en manada. Se trata de una triste realidad que quizás se derive de la progresiva escasez individual de recursos intelectuales para detectar a ese gato biensonante que quieren vendernos a precio de liebre argumental, de recursos anímicos para soportar la presión de un entorno asfixiante que pretende encasillarnos en estanterías ideológicas grupalmente aceptables, y de recursos éticos para entender que someternos a la tiranía mental de la masa es uno de los actos más inmorales en el seno de una sociedad presuntamente libre.

Ciertamente, nuestro espíritu crítico personal no pasa por uno de sus mejores momentos, una evidencia cada vez más preocupante. Sin embargo, comprobando algunos de sus efectos tangibles, puede que la palabra preocupante se quede corta. La verdad es que da miedo.

*Dánel Arzamendi es abogado de empresa y desde hace más de una década publica artículos de opinión en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’. 

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