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Formas de despedirse

Las ciudades varían, generalmente para bien, pero arrasan nuestra memoria
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Aunque se cierren muchas puertas, no está bien irse dando un portazo. En el mundo se está sólo un rato, pero incluso los que no creemos que haya otro donde impere un más largo sentido de la hospitalidad estamos obligados a despedirnos con buenos modales, pero ahí viene la confusión. ¿De qué nos despedimos y sobre todo, de quién? La mayoría de las personas a quienes quisimos, un noventa por ciento o cosa así, ya no están, y mi mundo ya no es de este mundo. No digo que sea peor, que no lo es, sino que no es el mío. 
¿Cómo despedirme de mi calle, que ya no es mi calle, ni tampoco una calle cualquiera camino de cualquier parte porque han hecho un bloque de cemento impenetrable y más macizo que nunca? Las ciudades varían, generalmente para bien, pero arrasan nuestra memoria. A casi nadie le podemos decir eso de ¿tú te acuerdas? Si uno ha cometido la imprudencia de vivir muchos años tiene que despedirse de él mismo, sin nadie que le acompañe en el sentimiento.
Metafísico estoy porque he perdido gran parte de mi apetito, que era bastante leal. Lo que no me ha abandonado es la sed, ni la de justicia ni la otra. Me figuro el otro mundo, no como una gran biblioteca, con Borges de bibliotecario, sino como un gran mostrador donde podría congregar a mis amigos y a esos otros amigos a los que nunca llegué a conocer. 
Hubieran sido íntimos de no haberse opuesto el tiempo y el espacio. Cuando sufro vagos estados de melancolía lo atribuyo a que tengo añoranza de las cosas que no me han sucedido jamás.
Ya tenía ganas de escribir un artículo donde no apareciera ningún político, ninguna cupletista y ningún imputado, aunque no ignoro que el periodismo es actualidad. ¿Para quién?, me pregunto. Rápidamente me respondo: para usted, que ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí sin que le hablen de enredos, ni aspiraciones, ni engaños amparados por la avaricia. Por usted. Vaya por usted.

Aunque se cierren muchas puertas, no está bien irse dando un portazo. En el mundo se está sólo un rato, pero incluso los que no creemos que haya otro donde impere un más largo sentido de la hospitalidad estamos obligados a despedirnos con buenos modales, pero ahí viene la confusión. ¿De qué nos despedimos y sobre todo, de quién? La mayoría de las personas a quienes quisimos, un noventa por ciento o cosa así, ya no están, y mi mundo ya no es de este mundo. No digo que sea peor, que no lo es, sino que no es el mío. 

¿Cómo despedirme de mi calle, que ya no es mi calle, ni tampoco una calle cualquiera camino de cualquier parte porque han hecho un bloque de cemento impenetrable y más macizo que nunca? Las ciudades varían, generalmente para bien, pero arrasan nuestra memoria. A casi nadie le podemos decir eso de ¿tú te acuerdas? Si uno ha cometido la imprudencia de vivir muchos años tiene que despedirse de él mismo, sin nadie que le acompañe en el sentimiento.

Metafísico estoy porque he perdido gran parte de mi apetito, que era bastante leal. Lo que no me ha abandonado es la sed, ni la de justicia ni la otra. Me figuro el otro mundo, no como una gran biblioteca, con Borges de bibliotecario, sino como un gran mostrador donde podría congregar a mis amigos y a esos otros amigos a los que nunca llegué a conocer. 

Hubieran sido íntimos de no haberse opuesto el tiempo y el espacio. Cuando sufro vagos estados de melancolía lo atribuyo a que tengo añoranza de las cosas que no me han sucedido jamás.

Ya tenía ganas de escribir un artículo donde no apareciera ningún político, ninguna cupletista y ningún imputado, aunque no ignoro que el periodismo es actualidad. ¿Para quién?, me pregunto. Rápidamente me respondo: para usted, que ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí sin que le hablen de enredos, ni aspiraciones, ni engaños amparados por la avaricia. Por usted. Vaya por usted.

 

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