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Francia, al borde de un ataque de nervios

La ultraderecha está azuzando la rabia -y una retórica cada vez más violenta- antes de las elecciones regionales del domingo, hacia unas explosivas presidenciales dentro de diez mesesLa mirada

Natàlia Rodríguez

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Natàlia Rodríguez. Foto: DT

Natàlia Rodríguez. Foto: DT

Es difícil imaginar a la patria del racionalismo y del cartesianismo dejándose las melenas en una oleada de Francia de histeria política pero lo cierto es que hace unos días le soltaron un bofetón al Presidente, Emmanuel Macron, y el pasado sábado, una bolsa de harina ha ido a parar a la solemne cabeza del líder de la izquierda populista, Jean-Luc Mélenchon. Añadan a este panorama las cartas de los generales retirados pronosticando guerras civiles y llamando al pouch al estilo castrense ibérico.

El país parece sufrir un ataque de nervios mientras serpentea los días hacia las elecciones regionales del domingo y hacia unas explosivas elecciones presidenciales dentro de diez meses. Surge una pregunta. ¿La histeria es espontánea o está, al menos en parte, organizada? Todos los incidentes descritos anteriormente fueron obra de personas relacionadas con la extrema derecha. Damien Tarel, el joven desempleado que abofeteó al presidente, dijo en su juicio que Macron había acelerado la «decadencia» de Francia. El comentarista de extrema derecha más popular de Francia, Eric Zemmour, dijo a su audiencia televisiva que Macron «tenía lo que se merecía» porque había «profanado» la presidencia.

Políticos y comentaristas de la izquierda y la derecha tradicional contribuyen a la tendencia. Macron no sólo está equivocado, dicen, es «violento» o «destructivo». Los sondeos de opinión sugieren que la oposición mayoritaria se beneficia poco de este miserabilismo exagerado, pero Le Pen sí.

No todos los franceses sucumben a este antimacronismo histérico. Los índices de popularidad del presidente siguen siendo sorprendentemente altos. La semana pasada, en la clasificación mensual de políticos de Ifop, tenía un 50% de opiniones favorables.Y, sin embargo, mientras Francia emerge a la luz del verano después de un tercer cierre provocado por la Covid (no nos sentábamos en una terraza desde octubre), es una nación dividida y con problemas. Por un lado, hay un anhelo de volver a la normalidad. Por otro, un deseo incipiente de derribar la política de siempre. Mucha gente culpa a Macron de todo lo que salió mal en Francia durante la pandemia. Se niegan a aceptar que algunas cosas salieron bien, como el generoso apoyo del Estado a las empresas y a los particulares y, tras un comienzo patoso, el despliegue de la vacunación.

Los bandos se sitúan a caballo entre las viejas divisiones de izquierda y derecha, pero la principal línea de fractura es en gran medida geográfica. Hay un abismo entre la Francia exitosa, orientada hacia el exterior, de una veintena de exitosas áreas metropolitanas, y la Francia luchadora, orientada hacia el interior, del campo, las pequeñas ciudades y algunos suburbios. Ese abismo es familiar. Coincide con las divisiones que dieron forma a la Gran Bretaña del Brexit y a los EEUU de Donald Trump. También hay factores puramente franceses en juego. La estructura izquierda-derecha de la política francesa, se ha derrumbado. Macron le dio un último empujón hace cuatro años. Desde entonces, sin embargo, no ha logrado crear una narrativa de propósito o dirección para sus reformas. Los políticos y los medios de comunicación le siguen considerando un arrogante advenedizo, de ahí la extrema violencia del lenguaje de comentaristas por lo demás sensatos. El partido de Le Pen, que nunca ha ganado una región, podría encabezar la primera vuelta en seis regiones de las trece. También tiene muchas posibilidades de ganar al menos una región -Marsella-Nice-Avignon- en la segunda vuelta del 27 de junio y algunas esperanzas de ganar la oriental, Le Grand Est.

En el pasado, los electores franceses han sido más hábiles que los líderes de sus partidos a la hora de forjar alianzas antilepenianas de facto con el voto táctico en la segunda vuelta. Pero si Le Pen gana la región de Niza-Marsella-Avignon, sería un terremoto con tsunami incluido. Ganar una región como esa aumentaría su credibilidad. Si ganara en más de una, el nivel de histeria se dispararía. ¿La división de la política francesa, similar a la de Trump, prefigura el éxito de un «Trump francés» el próximo año? No lo creo, pero en el actual estado de ánimo febril un resultado tan improbable ya no es completamente imposible.

Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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