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Fronteras

No hace mucho tiempo los vecinos de Altafulla y Tarragona discutían sus límites municipales

Martín Garrido

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Hace unos días escribíamos sobre un reciente libro publicado por Nick Mid-dleton (Atlas de los países que no existen). Acabábamos diciendo que al viajero poco le importa la clasificación de Middleton o cualquier otra. Lo que le importa es la frontera y como atravesarla. Poco le importa si ‘el otro lado’ es un Estado, de los de verdad, de esos que forman las Naciones Unidas; si es un Estado de lo que dicen que no existen; o si simplemente es ‘algo’ que está detrás de la frontera y tiene el sufriente poder para establecer un límite y una señal que nos obligue a pararnos.

La frontera, sea ésta un puesto de control por todo lo alto o simplemente un poste indicativo, es más que otra cosa la prueba de que existen las unidades políticas. De ahí la importancia simbólica que tiene la supresión de los trámites fronterizos dentro del espacio europeo. El Brexit del Reino Unido se materializará en el momento en que tengamos que atravesar una fron-tera real; y la independencia de Cataluña (ya sea unilateral o pactada) sólo será efectiva cuando se establezca un puesto fronterizo y una autoridad que lo mantenga.

Las fronteras tienen algo de abstracto y al mismo tiempo de real, de impreciso, de falso y muchas veces de cómico.

La frontera como todo límite es un concepto abstracto, preciso y concreto (al igual que lo se encuentra en su interior), pero en el mapa vemos los colores y la línea negra que los separa con la misma intensidad que la casa de nuestro vecino y que la valla que nos separa. Cualquiera que haya viajado (por tierra) se habrá percatado que entre dos puntos fronterizos hay un territorio, a veces de varios kilómetros, en que no sabes en dónde estás. En dicha línea negra puedes nacer, morir e incluso amar, y desde luego dormir si las cosas no van rápidas, sin que dichos acontecimientos hayan ocurrido en un país concreto, porque tendrás en tu pasaporte un sello de salida pero te faltará el de entrada. Quizás en ese punto intermedio estás en la nada y puedes no sólo considerarte sino incluso ser un ciudadano del mundo (‘un ciudadano de la frontera’).

Nuestra línea negra existe, tiene cuerpo y dimensión, marca un antes y un después, es un lugar en el espacio y no sólo un concepto abstracto creado por los juristas.

Las fronteras tienen algo de indeterminado. Hoy si abrimos un mapa político del mundo podemos ver claramente dibujadas las fronteras y los Estados. Pero las líneas fronterizas nunca han sido claras. Sólo en los últimos años con las nuevas tecnologías hemos comenzado a precisar los límites de las unidades políticas, sean del tipo que sean. Algo parecido ocurre también entre los límites de los departamentos, las provincias y los términos municipales. No hace mucho tiempo, por poner un ejemplo, los vecinos de Altafulla y Tarragona andaban discutiendo sobre el lugar de la playa en que debía situarse el límite entre los dos pueblos.

También entre las fincas de los particulares existen los mismos problemas de determinación que entre los Estados, que muchas veces dan lugar (como entre los Estados o sobre todo entre los seudoestados) a situaciones de violencia, como parece ser que fue la última causa de los asesinatos ocurridos hace unos años en Puerto Hurraco. Sólo en los últimos tiempos, reformas importantes que afectan a la legislación hipotecaria y a la legislación catastral, están intentando precisar con exactitud matemática la línea de separación entre dos propiedades, pretendiendo que la publicidad registral (que determina el propietario de una finca) vaya unida a la determinación georeferencial de dicha finca.

La fronteras tienen algo de falso. Si pasas de un color verde a otro rojo (las unidades en nuestro mapa) algo debería ser diferente. Y sin embargo, atravesar nuestra línea negra tiene algo de frustrante porque lo que haya ‘al otro lado’ es la mayoría de las veces lo mismo que el lugar de donde partimos. No cambian los colores. A lo sumo han cambiado la fotografía del jerarca de turno y también la bandera y los uniformes. Pero las personas y la tierra no tienen otro color porque esté aquí o allá. La frontera será un límite para los otros pero muy raramente para los que viven a un lado y a otro de ella. Las fronteras tienen siempre algo de cómico, pero en ocasiones, puede convertirse en tragicómico.

Puede que en el puesto de control te hagan algunas preguntas absurdas del tipo qué va a hacer usted o qué profesión tiene, o dónde o con quién tiene intención de hospedarse, o incluso cuánto dinero lleva encima, o si usted mataría o no al presidente. No sabemos si nuestro futuro depende de la respuesta que demos o simplemente nos encontramos ante un simple formulario. En cualquier caso, debes mantenerte firme, ser cortés pero nunca inferior, y sobre todo no liarte con largas historias aunque lo que cuentes sea absolutamente falso.

En ocasiones, sin embargo, el tema se complica y te apartan a un lado. Empiezan las llamadas, sin que sepamos dónde; o las preguntas más concretas, sin que descubramos su último sentido; o algo tan poco íntimo como ser cacheado, inspeccionado o registrado. A veces, todo sigue su curso y el tema se resuelve; a veces no y puede empezar un calvario, que se prolongue en el tiempo o que incluso no tenga solución. La frontera puede ser arbitraria y cruel y muchas veces también injusta.

Una frontera seria, de las que imponen, requiere un visado; y a su vez, un visado implica la existencia de una frontera y de un Poder que la mantiene. Pero de los visados hablaremos otro día.

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