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Grandeza de la humildad

Un día, cuenta San Marcos, Jesús se dirigía a Cafarnaún con sus discípulos
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Un día, cuenta San Marcos, Jesús se dirigía a Cafarnaún con sus discípulos. Al llegar a casa, les preguntó: «¿De qué hablabais por el camino?». El evangelista apunta: «Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor».

Con la paciencia que requiere toda tarea didáctica, Jesús se sentó y llamando a los doce les dijo «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos». Y acercó a un niño y lo puso de ejemplo por su sencillez.

De esta y otras formas, Jesucristo enseñó el valor de la humildad, una virtud que lleva a no darse importancia, a no querer destacar y ser el centro de todo, como si fuéramos los más listos. Un comportamiento soberbio, es decir no humilde, provoca en las demás personas una reacción de rechazo.

La experiencia muestra, en cambio, lo agradable que es encontrarse con personas humildes. Y la naturalidad con la que los santos se comportan en este terreno. Santa Teresa, sobre la que este año meditaremos a menudo en el quinto centenario de su nacimiento, se resistió mucho a ser abadesa y cuando le llegaron rumores de que las monjas querían elegirla se puso a escribirles para que no le votaran.

Teresa de Calcuta, nuestra última santa Teresa, fue objeto de atención de los medios, sobre todo después de recibir el Premio Nobel. Convivía con ello sin petulancia, con resignación. Una vez que alguien le preguntó cómo llevaba lo de ser objeto de tantas fotografías, contestó con buen humor: «Considero que es un sacrificio, pero también un bien para la sociedad. He hecho un pacto con Dios. Le he dicho: por cada foto que me hacen, Tú encárgate de sacar un alma del Purgatorio. A este ritmo, creo que vamos a vaciarlo».

¡Claro que a todos nos gusta que nos alaben! No seríamos sinceros si dijéramos otra cosa, pero la virtud está en dirigir a Dios los posibles elogios sabiendo que todo lo que tenemos es don de Dios, y no recrearnos en ellos.

Un colaborador de Juan Pablo II contaba que el día que apareció la revista Time con el Papa en portada declarándolo «Hombre del Año» le llevó la publicación y se la dejó al lado de su mesa de trabajo. El Papa la miró al sentarse, y al poco volvió a mirarla y la volvió del revés. «¿No le gusta?», le preguntó el colaborador. Y Juan Pablo II respondió con picardía: «Quizá demasiado».

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