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Grexit, de cisne negro a patito feo

Atenas y la troika temen una ruptura, pero negocian creyendo que al otro le irá peor
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Grexit es el vocablo acuñado para la eventual salida –voluntaria o forzada- de Grecia de la zona euro, como desenlace del desencuentro entre Atenas y la refutada ‘troika’; esto es, los socios europeos, el Banco Central (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Reviven, tras algunos meses de aparente tregua, los peores augurios para una recuperación, tan incipiente como frágil, que estaba contribuyendo a levantar el ánimo de los europeos, hastiados de malas noticias desde 2009. La verdad, sin embargo, es que nadie parece tener claro el escenario final más probable ni, todavía menos, qué pueda pasar después.

Sí se sabe que las negociaciones en Bruselas no marchan bien. Tampoco las que el ministro Varufakis acaba de mantener en Washington con responsables del FMI. Se han difuminado buena parte de las esperanzas surgidas tras el último Consejo Europeo, cuando el primer ministro Tsipras se comprometió a enviar de inmediato una lista de reformas, sobre la que acordar nuevos plazos y rescates que permitan alejar la permanente amenaza de impago que pende sobre las finanzas helenas. En lugar de listas, las autoridades helenas han dado largas y alejado las perspectivas de acuerdo en su próxima cita –examen- con el Eurogrupo (24 de abril), lo que acerca el riesgo de que Grecia acabe en impago (default), sea parcial o total.

Hace pocas fechas, las autoridades griegas hicieron frente al pago de 459 millones de euros al FMI, vencidos este mes de abril, pero no parece que haya servido para que el organismo acepte aplazar próximos vencimientos; el primero, de 775 millones, en mayo. Atenas debe además afrontar, antes de junio, unos 10.000 millones de euros por emisiones a corto y, salvo que sus socios liberen el tramo pendiente del rescate vigente, e incluso abran una tercera línea de apoyo, parece tener escasas opciones de poder pagar. La mayoría de analistas estima que mayo marca el límite de pervivencia de la actual situación. Sea bueno o malo el cambio, la posibilidad de un Grexit no alarma hoy tanto como dos años atrás. Ha evolucionado desde considerarlo una catástrofe inasumible a verlo como manejable e incluso deseable para asegurar el futuro de la moneda común. Los hay que siguen viéndolo como ‘cisne negro’: evento de gran sorpresa y enorme impacto, conforme a la teoría desarrollada por Nassim Nicholas Taleb en un libro así titulado (Planeta 2012). Otros, en cambio, consideran que Grecia, aun incurriendo en impago, podría seguir siendo el ‘patito feo’ de la Unión Europea (UE), porque mantenerlo dentro será mejor que afrontar los riesgos –desconocidos- de una exclusión.

Unos y otros, en todo caso, van tratando de calcular las consecuencias de una ruptura que nadie desea, pero tampoco da la sensación que alguna de las partes haga lo necesario para evitarla. Las hipótesis son muchas, entre otras cosas dependientes de cómo se materialice y, sobre todo, de qué decida hacer cada uno el día después. Sólo que, de momento, domina la sensación de que todos negocian desde el convencimiento de que, si no hay acuerdo, al otro le irá peor.

No faltan voces, en Grecia y fuera de ella, que ven como única o mejor solución abandonar el euro e incluso la UE. Así, el país recuperaría plena capacidad para gestionar su moneda, diseñar una política económica sin injerencias y, si fuera el caso, replantear alianzas y posicionamientos estratégicos. La reciente visita del primer ministro Tsipras al presidente ruso Putin ha suscitado inquietudes, estén o no fundamentadas, pequen o no de una visión antigua y desenfocada de la geopolítica mundial. El reverso, en todo caso, no pinta bien. La recuperada moneda griega debería afrontar una pérdida de valor que, aunque difícil de precisar, se sitúa como mínimo en un 30 por 100, con efectos sobre deuda e importaciones sobradamente conocidos. Los beneficios sobre el potencial de sus ventas externas, en cambio, chocan con un sector exterior muy limitado, más allá del turismo. A lo que toca sumar serios problemas de financiación, difícil atracción de capital e inversiones y hasta problemas de abastecimiento, con riesgos de precipitar una crisis política y social.

El impacto sobre el resto está también asegurado, con un alcance difícil de predecir. Lo único descartable es que sea testimonial. Una parte importante de las consecuencias dependerá de si los mercados aprecian o se les convence de que Grexit es y será una excepción irrepetible. El peligro es que reaparezcan la convicción o el temor de que otras economías, tenidas por periféricas, vayan detrás y el euro acabe por implosionar. Pero, aun en el mejor o menos peor de los casos, las repercusiones se harán notar. Los cálculos más solventes cifran en 250.000 millones de euros lo que Grecia dejaría de pagar; básicamente, a las arcas públicas de los estados, a las que se han trasladado alrededor de 195.000 millones de una deuda que hace apenas dos años era mayoritariamente bancaria. Sabido es que a España le corresponden del orden de 26.000 millones de esa cantidad.

Sobran, pues, ingredientes para que el miedo haya vuelto a aparecer. Se teme la ruptura, sin duda, pero tampoco suena mejor la hipótesis, tenida por más deseable, de que el ‘patito feo’ griego siga formando parte de la eurozona y la UE. Ha costado ya mucho dinero y es seguro que seguirá costando bastante más, porque nadie pone en duda que, con o sin acuerdo, Grecia no está en condiciones de pagar todo lo que debe… y deberá.

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