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Hace cien años, en Armenia

José Montilla remitió una carta de disculpa al ministro turco de Asuntos Exteriores
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En su homilía dominical del pasado 12 de abril, el papa Francisco provocó una conmoción diplomática al calificar la matanza de armenios ocurrida hace cien años como «el primer genocidio del siglo XX». Las consecuencias no se han hecho esperar: Turquía rápidamente hizo saber su disgusto al embajador del Vaticano, y llamó a consultas a su propio embajador.

El papa buscaba provocar una reacción, o iniciar un debate, ya que la ocasión no era cualquiera: se trataba de una misa conmemorativa del centenario de tales hechos (se recuerdan el 24 de abril), y se hizo en presencia del presidente de Armenia, Serzh Sargsián. No olvidemos que los armenios a los que estaba rememorando eran cristianos muertos a manos de musulmanes (turcos y kurdos). La arriesgada declaración del papa Francisco tiene un contexto, el de los recientes actos de persecución de cristianos en varios puntos del globo, con especial referencia a Oriente Medio (cristianos sirios, cristianos coptos egipcios), Kenia (los 147 estudiantes de la universidad de Garissa) y Nigeria (los numerosos atentados de Boko Haram).

La matanza de armenios en el periodo de 1915 a 1921 es uno de los acontecimientos históricos más debatidos del siglo pasado. Las discrepancias comienzan en la calificación o no de tales hechos como «genocidio»: esto es, si los cristianos armenios fueron asesinados en masa precisamente por razones étnicas y religiosas, en cuyo caso, conforme al Derecho internacional, estaríamos ante un genocidio o si, por el contrario, las causas fueron distintas.

Estamos en la primavera de 1915, en plena Guerra Mundial. Turquía se ha alineado con las potencias centrales (Alemania, Imperio Austrohúngaro) y está combatiendo contra Rusia, cuyos ejércitos descienden victoriosos desde el Cáucaso. En la zona cercana al frente, en el este de la península Anatolia, hay una considerable población armenia proclive a los rusos. El día 24 de abril de 1915 el gobierno turco decide deportar los armenios a Siria e Irak, bien lejos del frente. ¿Qué ocurre a continuación?

Conforme a la tesis armenia, un genocidio. La perspectiva para analizar los hechos ha de ser local, ya que en diferentes áreas o poblaciones ocurrieron hechos distintos. En ocasiones, los turcos, sobre todo tropas irregulares, masacraron a los armenios. En otros casos, deportaron a los armenios de forma caótica, sin previsiones ni provisiones, de modo que morían por el camino, o bien en las zonas desérticas y paupérrimas donde fueron abandonados. Mientras, los bienes de los armenios desplazados fueron íntegramente robados o expropiados por los turcos.

No faltaron testigos occidentales de dicha tragedia: cónsules, misioneros, soldados. De entre ellos elegiremos al pintoresco militar profesional venezolano Rafael de Nogales, que al estallar la guerra se alistó como oficial en el ejército turco (tras intentarlo sin éxito en otros ejércitos como el francés). En su diario de 18 de junio de 1915 describe la masacre de armenios que tuvo lugar en Sairt (sureste de Turquía): leemos que la ladera junto al camino principal está «coronada de millares de cadáveres medio desnudos y ensangrentados, amontonados unos sobre otros o entrelazados en el postrer abrazo de la muerte». Las autoridades locales le confirman la matanza de todos los varones cristianos mayores de doce años, todo ello en virtud de una operación bien planeada y dirigida desde el centro. Él mismo tiene miedo, a fin de cuentas es cristiano (tomado de Peter Englund, La Belleza y el Dolor de la Batalla, p. 170 y siguientes).

La tesis turca sobre tales hechos es bien distinta. El contexto en que éstos se producen es una situación de tensión extrema: una guerra que, además, se está perdiendo. La idea de las autoridades otomanas no era asesinar sino trasladar lejos del frente a una población cuya lealtad era nula: los armenios deseaban la victoria de los rusos, y éstos les prometían un estado propio. Los propios armenios también habrían realizado actos violentos contra los turcos: los supuestos actos de defensa propia encubrirían auténticas insurrecciones contra la autoridad. Sí, hubo desorden y falta de previsión en las deportaciones, pero todo ello es inherente a la guerra. Por tanto, dos modos de entender la historia. Lo interesante es cómo se han alineado los países a la hora de afrontar aquella tragedia.

El escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura y quizás el intelectual más famoso de Turquía, declaró en 2005: «Treinta mil kurdos y un millón de armenios han sido asesinados aquí. Como casi nadie se atreve a decirlo, lo digo yo». Dicho y hecho. De inmediato fue llevado ante los tribunales por supuesto delito de «insulto contra la identidad turca» –artículo 301 de su Código Penal– (¿imaginan tipificar como delito el insulto contra la identidad catalana? Esperemos que no llegue). En fin, fue absuelto y en el año 2008, tras las presiones de la Unión Europea, dicho precepto fue derogado. Pero el tema sigue siendo tabú en Turquía

En otros países puedes verte denunciado no si afirmas el genocidio, sino si lo niegas. Así ocurre en Grecia o en Suiza. ¿Y aquí, entre nosotros? Pues bien, el Parlament catalán aprobó por unanimidad el 26 de febrero de 2010 una resolución que catalogaba de genocidio «los hechos sufridos por la población armenia entre 1915 y 1921». Pero fijémonos en lo delicado del tema: a continuación el entonces President Montilla remitió una carta de disculpa al ministro turco de Asuntos Exteriores. Interesante.

Concluiremos que la intersección de la política y la historia engendra monstruos.

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