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Hacer política con los Juegos

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Cada cual, por supuesto, tiene derecho a ilusionarse o no con los Juegos Mediterráneos. Siempre habrá quien resalte que se trata de un evento menor, con participantes de segunda fila internacional que para nada se asemejan a los que acuden a una Olimpiada, y que encima, en plena crisis económica, el legado ni por asomo se acercará al paraíso prometido que nos animó a presentarnos.

Del mismo modo que siempre habrá quien apoye los Juegos de forma incondicional agarrándose a que, en algún grado –por poco que sea–, incrementarán el protagonismo mediático de la ciudad y darán algo de vidilla durante 10 días. Y, encima, también por poco sea, siempre dejarán algún legado: aunque sólo sea una mini-reforma de los equipamientos actuales. «Menos da una piedra», dirán esos optimistas.

Ambos tienen sus razones. Yo no soy ni de unos ni de otros, pero llegados a este punto pienso que los Juegos son innegociables. Que renunciar a ellos sería una irresponsabilidad, un feo de magnitud internacional que dejaría a Tarragona en mal lugar –tendría más repercusión, seguro, una hipotética renuncia que los propios Juegos–.

Pero eso no significa que sean sólo un problema nuestro, de la ciudad y de su ayuntamiento. Las demás administraciones se comprometieron a hacerlos posibles –me da igual si por escrito o no– y ahora el marrón es de todos. Por eso me entristece que, por un lado, haya quien los utilice sólo como arma política para erosionar y que, por el otro lado, los haya (supuestamente favorables a la cita) en el fondo más preocupados de exonerar a sus jefes de la capital que de presionarles para que apechuguen.

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