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Hay que acabar con 'La-Casta'

Lo que se dijo fue: '¡Hay que acabar con Lacasta!', que como se sabe es un apellido aragonés

Martín Garrido

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Se le imputa al ahora diputado Pablo Iglesias una frase pronunciada en sus primeros inicios que decía más o menos como el título de este artículo. Decimos se le imputa, porque en los tiempos que corren cualquier frase, imagen, pose, o simplemente cualquier gesto del careto, provoca que los periodistas la congelen y la exhiban como la imagen fiel y exacta de la personalidad del personaje.

Es cierto, que en muchas ocasiones aciertan, pero también en otras muchas no deja de ser una distorsión intencionada de la realidad para transmitir un determinado mensaje que llame la atención del público. Poco importa después el contexto en que se pronunció o se vio, ni la intención primigenia. A lo que a nosotros nos importa en este momento, la frase de Pablo Iglesias tuvo durante un cierto tiempo su recorrido y dio lugar a diversas dudas sobre su contenido.

La primera de las dudas era obviamente el alcance que había que dar al término acabar. Podía simplemente aludir a que había que poner punto y final, pero también admitía otros significados: extinguir, derrocar, derogar, jubilar; y hasta si nos da por exagerar, exterminar o fusilar.

La segunda de las dudas tenía más importancia y desde luego dio más juego. ¿Quiénes formaban parte de la Casta? ¿A qué se refería el prócer cuando hablaba de este grupo? También en este caso las respuestas podían ser de todo tipo, incluso más que en el caso anterior.

La Casta podían ser simplemente los políticos pertenecientes a los partidos tradicionales, especialmente el PP y el PSOE que no daban más juego. La Casta también podían ser los que tenían un determinado puesto en la jerarquía social, académica o laboral: por ejemplo, el catedrático de derecho político frente al profesor de segunda línea, o el médico frente al enfermero, o en general el jefe frente al subordinado. La Casta podían ser los ricos, los famosos, los altos funcionarios, los rentistas o los inversionistas También si seguimos exagerando, y se hizo, la Casta podía referirse a toda persona que tuviese unos añitos, es decir, la generación siguiente a la de Pablo Iglesias, que es la mía.

Todos nos preguntamos en algún momento si formábamos parte de la Casta que había que extinguir. Y al igual que al Nazareno sus discípulos le preguntan “¿seré yo, Jesús, quién te traicionará?”; todos decíamos, “¿Seré yo, Pablo, de la Casta?” A cuyas preguntas tanto el Maestro como el político contestaban invariablemente: ”No, tú no”.

Ya ven que “congelar” una frase puede dar mucho juego y Pablo Iglesias dejó que se hiciera, hasta que se dio cuenta que a ese paso tenía todas las posibilidades de ser incluido el mismo y su partido entre los miembros de tan vituperado grupo. Y ahí quedó en el pasado y no se volvió a hablar del tema, hasta que la hemos resucitado.

El otro día leía un magnífico libro (“Former people. The final days of the russian aristrocracy”), que acaba de ser traducido hace unos meses al español (“El ocaso de la Aristocracia rusa”). Es el primer libro que se dedica, en cualquier idioma, a analizar la suerte que corrió la nobleza rusa en las décadas posteriores a la revolución bolchevique, concretada fundamentalmente en la historia personal de dos grandes familias (los Sheremétev y los Golítsin) que habían formado parte del núcleo de poder zarista durante siglos.

Cuenta el autor (Douglas Smith), al principio de la obra, el viaje en los años 1920 en tren de Siberia a Moscú de un antiguo oficial de la Armada zarista, que pasa el tiempo leyendo un manual popular (“El ABC del comunismo” de Bujarín), y su encuentro con soldados del Ejército rojo. El oficial compara los pensamientos del libro con los de los soldados y escribe: “Para todos ellos, la Revolución bolchevique significaba la destrucción de la monarquía, la aristocracia, la burocracia y la casta de los oficiales”. Y concluye Smith: el oficial apuntó en estas líneas algo esencial: “el deseo de destrucción, mayor que el de creación, fue el impulso primordial de los acontecimientos“.

Los dirigentes rusos acabaron en un periodo de veinte años con toda una clase social, integrada por unos dos millones de personas, que durante casi mil años había dado al Estado militares, funcionarios, novelistas, artistas y creadores. El propio Lenin pertenecía a ella. Fue un antecedente de las atrocidades que después vinieron, como la Alemania nazi, Camboya o Ruanda y Burundi. El grupo que había que exterminar eran los “búrzbúi” (un término traducido impropiamente por los burgueses) y que después fue comprendiendo a toda persona que se suponía contraria al régimen imperante: “el concepto de Los de Antes designaba a otra clase o casta inventada”, dice Smith.

Como es obvio, nada tiene que ver Pablo Iglesias con Lenin o Stalin, ni nada tiene que ver la revolución bolchevique con las propuestas políticas de regeneración, o “Los de Antes” de la Revolución Rusa con los de nuestra Casta. Cualquier similitud sólo puede ser considerada insidiosa. Pero es cierto que los términos no son nuevos y ya han sido utilizados en el pasado, y nos vienen a advertir que hay que tener cuidado con una inadecuada utilización de los palabras.

Por eso estoy seguro que la frase pronunciada fue erróneamente transcrita y lo que realmente se dijo fue: “¡Hay que acabar con Lacasta¡”, que como saben es un apellido aragonés, de posible origen francés, y además es el de mi mujer… Pero, ¡hasta aquí hemos llegado señor diputado¡ porque si hay que acabar con mi cónyuge, es una tarea que me corresponde a mí en exclusiva, sin que tenga que venir el Poder público a facilitarla.

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