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Hay que salvar Palmira

La toma de Palmira podría poner en peligro toda posibilidad de modernizar el Islam
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Cuando estuve en Palmira podías levantarte en Damasco antes del amanecer, viajar por la carretera del desierto hasta allí, visitar las monumentales ruinas y regresar a la capital para cenar tranquilamente en cualquiera de los restaurantes de la Ciudad Vieja, recordando lo visto durante el día como si hubiera sido un sueño del desierto. Hoy, tomada la ciudad por el denominado Estado islámico, sería imposible.

Palmira era y sigue siendo un mito, que como tal encierra múltiples significados. Incluso el propio viaje hacia ella también lo es.

En 1753, Robert Wood (asistido por Dawkins) publica un primer volumen sobre sus viajes de exploración arqueológica a Oriente (The Ruins of Palmira, otherwise Tadmor in the Desert) en cuyo prólogo escribe: «Nos ha parecido que convenía empezar por Palmira, pues la parte que el público parece desear con más ardor. Del éxito de esta parte de nuestra obra dependerá la suerte del resto». La obra de Wood convirtió a Palmira en el redescubrimiento de un punto desconocido de nuestra historia y en un mito.

Pero en el fondo el viaje de Robert Wood y de sus tres acompañantes (uno de ellos murió en el camino) era un viaje iniciático que buscaba responder a las grandes preguntas del ser humano a través de la Historia. Los cuatro amigos pasan el invierno en Roma dedicados a la lectura de los clásicos y de libros sobre geografía de los lugares del trayecto que tenían previsto realizar. Sólo unos meses después emprenden su viaje, que fluye como un tranquilo río por el archipiélago griego, las costas europeas y asiáticas, el Asia Menor, hasta llegar a Damasco. Cuatro días (y una numerosa escolta) les costaría llegar a su destino

El profesor italiano Mario Praz que vuela de Roma a Beirut y de aquí a Palmira escribe comparando su viaje con el de Wood doscientos años antes: «en lugar de sentirme orgulloso de nuestra civilización que permite tránsitos tan fulminantes, casi me sonrojo de vergüenza, como si yo fuera un iconoclasta que se abalanza atropelladamente sobre lugares donde los ángeles temen posar sus pies». Empieza a carecer de sentido en nuestro mundo el verso de Dante «la prisa que a la honestidad en cada acto extravía». Tenemos prisa, sin parar a preguntarnos hacia dónde queremos ir y sobre todo qué buscamos realmente.

Palmira fue como muchas de las ciudades de la Ruta de la Seda (de la rutas, más bien) un lugar de frontera, a caballo entre occidente y oriente, transgresora e iconoclasta, llena de dioses y de religiones, romana y antiromana al mismo tiempo, radicalmente cosmopolita. La ciudad de Zenobia, la reina que se enfrentó al Imperio Romano en un momento de su decadencia, que fue derrotada, apresada cuando intentaba cruzar el Eúfrates y llevada a Roma en el año 274 para ser exhibida como triunfo del emperador Aureliano, se convirtió en una especie de heroína del débil frente al fuerte y de símbolo de la diversidad frente a la uniformidad.

En un reciente artículo de la investigadora Maribel Fierro (Islam y política. Verdades y prejuicios) se hace eco de una entrevista y de un libro, ambos de dos profesores de la Universidad de Princenton, en que se realizan varias reflexiones sorprendentes (la entrevista de Bernard Haykel en The Atlantic y el libro de Michael Cook, Ancient Religions, modern politics. The islamic case in comparative prespective).

En primer lugar, se afirma que el Estado Islámico es tan islámico y tan legítimo (desde la órbita religiosa) como cualquier otro grupo musulmán no violento. Tanto uno como otro grupo se fundan en la tradición aunque la interpretan de forma diferente. Los ideólogos del Estado islámico exacerban la tendencia takfirista y rechazan toda interpretación que se oponga a la suya. Por el contrario, las autoridades suníes son conscientes que desaparecido el Profeta son posibles varias interpretaciones del Corán y que el camino a la salvación está formado por varias vías, sin perjuicio de un centro de gravedad que los diferencie de otras religiones.

La reciente toma de Palmira, la muerte de niños y mujeres, hechos execrables en sí mismo, lo son aún más porque rompen con la corriente pluralista que desde el sufismo ha sido uno de los grandes valores del Islam. La previsible destrucción de la ciudad monumental, como ha ocurrido con otras ciudades del Irak, no sería más que la consecuencia de ese espíritu radical que niega toda diversidad y quiere imponer una única verdad.

En segundo lugar, se indica que la tradición histórica islámica tiene ciertos valores (como el rechazo al absolutismo) que se aproximan a lo que solemos asociar con la modernidad; e incluso puede llegar a vehicular necesidades políticas modernas a partir de sus propios recursos, aunque tendría siempre un aspecto trasversal con relación a las tres ideologías de occidente (conservadurismo, izquierdismo y liberalismo). En definitiva, que la modernidad del Islam no tiene que ser la misma que la modernidad en Occidente, pero puede ser posible.

La reciente toma de Palmira, y el consiguiente rechazo de la comunidad internacional espantada por la brutalidad, podría poner en peligro, por reacción, toda posibilidad de modernizar el Islam al margen de Occidente y de encontrar otros valores distintos a los nuestros, aunque compatibles con ellos. Destruir Palmira podría ser en el fondo destruir el Islam como alternativa a la ideología occidental. Sería en cierta forma la victoria de la Roma actual frente a una nueva Zenobia.

Palmira representa también la fugacidad de la vida y el deseo de inmortalidad. Coincido con Mario Praz cuando afirma que lo mejor de la ciudad no son las ruinas, tan conocidas por los turistas, sino las torres funerarias que dan cobijo esperando la eternidad a miles de los ciudadanos del Reino de Zenobia. Destruir Palmira es también destruir ese sueño.

¡Hay que salvar Palmira!

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