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Hijas de Putin

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Hay tres profesiones ante las que me quito el sombrero. Admiro a médicos, maestros y agricultores. De forma proporcional en tanto sus ocupaciones, más que ejercidas, son vividas. Son más vocación que empleo, impregnan todas las facetas de la persona y se convierten en estilo, carácter. No digo que les tenga envidia. Estoy convencida de que el oficio con el que me gano la vida, aun incomprensible y voraz, como dijo García Márquez, es también, efectivamente, el mejor del mundo, ya me perdonarán.

Mientras que el reconocimiento a enseñantes y sanitarios pienso que es compartido por buena parte de la sociedad, me temo que no ocurre igual con los agricultores. Conozco a unos cuantos. Tengo la suerte de que por mi calle pasan tractores. Verlos es un alivio. La constatación de que la tecnología y las moderneces no pueden con la tierra, con la naturaleza, con el ciclo de las estaciones, con el saber ancestral y con el compromiso para con la comunidad.

Hace poco han merecido algo de atención mediática. No es solo el veto ruso. Están hasta las narices de que las grandes distribuidoras, aprovechando el castigo de Putin, les ahoguen imponiéndoles precios de risa para lucrarse ellas de lo lindo gracias a que la gente vamos a los hipermercados a llenar los carritos en busca de ofertas. Bajo las condiciones que se ven obligados a aceptar, no sale a cuenta cultivar. El peligro de esta opción es enorme; sus consecuencias, devastadoras. Por eso creo que hay que escuchar y hacer nuestras sus reivindicaciones, y recurrir si hace falta al boicot a las grandes superficies que les extorsionan. El trabajo de la tierra es sagrado, y lo barato, ya lo sabemos de otras veces, puede acabar saliéndonos, a todos, muy muy caro.

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