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Historia de un ascensor

El edificio de Génova 13, como el de ‘Historia de una escalera’, está lleno de personajes incapaces de imaginar un futuro fuera de él

ALBA CARBALLAL

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Si una de las piezas teatrales más célebres de Buero Vallejo -en la que el dramaturgo retrata las miserias y mentiras de una sociedad en declive a través de los vecinos de un edificio residencial destartalado de Madrid- se llamó Historia de una escalera, la película que se han montado en Génova 13 deberían titularla, como poco, ‘Historia de un ascensor’. Este edificio, igual que el otro, está lleno de personajes incapaces de imaginar un futuro fuera de él; y, tal y como pasaba con el de Buero Vallejo, la alargada sombra de los trapos sucios de sus inquilinos lleva más de una década planeando sobre su tejado. El ascensor de Génova 13 es, además, una metáfora perfecta de la corrupción que financió su reforma, cuyo grado y modo varía en función de la planta: seis de las nueve paradas de su recorrido vertical están impregnadas de dinero negro.

En realidad, la movida de la sede del Partido Popular se parece más a Black Mirror Bandersnatch: entre sus muros cada uno elige su propia aventura, pero en el fondo da igual el camino por el que se opte, porque en cada rellano aguarda una sorpresa desagradable. Si te despistas por los pasillos de una planta cualquiera te podrías encontrar, por ejemplo, a Ruiz-Gallardón ejerciendo de crítico de arquitectura al ser preguntado por la financiación ilegal de la reforma; o, si subes un par de pisos más, quizá todavía puedas ver algún fantasma: Fraga encendiendo la cafetera, o el niño Álvaro de Marichalar jugando en un despacho mientras un tal Eme Punto da de comer a una trituradora hambrienta. Sólo nos queda esperar unas semanas para comprobar si el ascensor de la nueva sede del PP será, como el anterior, el decorado de su propia decadencia.

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