Huérfanos de Serrat

No sé cuántas veces habré escuchado ‘Mediterráneo’, porque lo dice todo. Cuando esa canción se lanzó como vídeo-denuncia de las miles de vidas engullidas por el mar, me sentí sobrecogida
 

MARGARITA SÁENZ-DIEZ

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Huérfanos de Serrat

Huérfanos de Serrat

En tiempos de zozobra y dolor la música es un bálsamo. Y el gran Joan Manuel Serrat siempre ha estado ahí, en la inquietud y en la alegría. Ha estado para recordarnos que cada loco tiene su tema, que susurrar palabras de amor ensancha el corazón y que vagabundear de aquí para allá con una guitarra a cuestas abre el corazón al encuentro de emociones inesperadas: lo mejor de la vida.

No sé cuántas veces habré escuchado Mediterráneo de Serrat, porque lo dice todo y también, porque no, yo nací en el Mediterráneo. Cuando esa canción se lanzó como vídeo-denuncia de las miles de vidas engullidas por el mar, me sentí sobrecogida. Un vídeo profundo y comprometido, que supo jugar con las palabras hilando historias que penetran en lo más íntimo y se quedan ahí provocando denuncia para reivindicar a los millares de refugiados que perdieron la vida intentando alcanzar su arena. El noi del Poble Sec siempre ha conseguido cantar emociones.

Ahora ha dicho que lo va a dejar. Que en abril empieza una gira que arrancará en Nueva York y acabará en Barcelona el mes de diciembre. Regresará a su punto de origen. No lo pudo hacer antes porque entre pandemias y confinamientos no quería despedirse sin público. Los quería a todos juntos, desde un escenario, envuelto en aplausos.

De la ciudad de los rascacielos saltará a Sudamérica para que todo el mundo sepa que el sur también existe, con las letras de Benedetti, amigo-hermano comprometidos los dos contra todas las dictaduras, propias y ajenas. Y de vuelta a España con Machado, Alberti y Miguel Hernández y con todos los poemarios propios, muchos y todos derechitos al corazón. Después de la Navidad de 2022 piensa que volverá a los lugares que visitó, que tocará y compondrá, pero se acabaron los recitales, la actuación en directo y el abrazo colectivo.

El vicio de cantar, así se llamará la gira que ha transitado entre los años 1965 y 2022, décadas repletas de pequeñas cosas, en las que Penélope continúa eternamente esperando en la estación, el barquito de papel de la infancia sigue amarrado en algún lugar recóndito de su memoria y Curro el Palmo mantiene su amor imposible en el tablao del Lacio donde aún no entiende, sin ella, el despertar. Todavía falta un año largo y ya le echamos de menos. El anuncio del cantautor nos pone delante del espejo de lo que somos, de la suma de nuestros días de éxitos y fracasos y nos asoma al vértigo de un precipicio en el que se anuncia que habrá ausencias, que todo cambia y que se ve venir que no será un gran día cuando él lo deje porque, desde ahora mismo, ya nos sentimos huérfanos de Serrat.

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