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Ideas sobre la regresión democrática

La obra detecta una «falta de apertura» general en los sistemas parlamentarios más avanzados, de forma que solo participan verdaderamente las elites de los partidos, que su vez provienen de la zona media alta de la estratificación social

Antonio Papell

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El malestar de muchas democracias por la aparición de fuerzas radicales de diferentes signos, cargadas de populismo y de desdén por los regímenes parlamentarios tradicionales, está generando una amplia bibliografía. En Alemania, Armin Schäfer y Michael Zürn han publicado recientemente The Democratic Regression, muy valorado tanto en Europa como en los centros de análisis norteamericanos. La obra detecta una «falta de apertura» general en los sistemas parlamentarios más avanzados, de forma que solo participan verdaderamente las elites de los partidos, que su vez provienen de la zona media alta de la estratificación social.

No sería tanto un problema estructural, sistémico, sino un problema de desarrollo, pragmático, según el cual las elites no circulan suficientemente, las instituciones no atraen a bastantes representantes de los escalones sociales inferiores, de forma que «los parlamentos se han vuelto mucho menos sensibles a las preferencias políticas de los ciudadanos menos acomodados» y «en muchas democracias el coro político canta con acento de clase alta y es pagado por los más ricos».

Prueba de que la representación parlamentaria se debilita es que aumenta el papel de las instituciones «no mayoritarias»; los autores proporcionan un dato expresivo: entre 1990 y 2008, los bancos centrales obtuvieron mayor autonomía en 84 países. Estas instituciones «no mayoritarias» –es decir, no elegidas directamente– mostrarían un «sesgo cosmopolita» que se caracteriza por la promoción de reglas internacionales, mercados abiertos y énfasis en los derechos individuales. Estarían gestionadas por «globalistas liberales».

Estas instituciones intervendrían, por tanto, en el conflicto que se plantea en las democracias modernas entre «cosmopolitas» y «comunitaristas». Los comunitaristas valoran la nación como comunidad política de referencia y no desean tener fronteras demasiado porosas. Y el problema grave surge cuando los «comunitaristas» no se sienten representados ni en los parlamentos ni en las instituciones «no mayoritarias»: entonces se refugian en el «populismo autoritario» como forma de protesta contra el sistema establecido. Los autores definen esta corriente «como un conjunto de posiciones políticas sustantivas que incluye el nacionalismo, la desconfianza en los procedimientos democráticos complicados y el deseo de implementar la voluntad de la mayoría de la manera más directa posible».

Esta forma de protesta es poco objetable porque acata las leyes pero entorpece el proceso político, ya que saca a flote constantemente la falta de legitimidad del sistema. Los autores del ensayo tienden a promover más instituciones mayoritarias e incluso se sienten tentados por las modernas ideas de crear instituciones cuyas plazas sean cubiertas por sorteo –la lottocracia– para ampliar la representación comunitarista.

Pero quizá sea más realista acudir a las fuentes de la representación para perfeccionarlas: los partidos políticos son oligárquicos, cerrados, endogámicos, no mantienen lazos con las instituciones de cultura ni con otras instituciones intermedias con las que deberían realizar trasvases intelectuales. Muchos políticos lo son profesionalmente desde la primera juventud, sin haber adquirido una experiencia vital previa fuera de la política (en la universidad o en la empresa). Y estos cuadros tienden a impermeabilizar la estructura partidaria ya que recelan de la competencia.

La apertura de los partidos y la mejora de los sistemas de representación, desbloqueando y abriendo las listas, mejorando la proporcionalidad, etc., serían quizá soluciones menos drásticas y más realistas a estos problemas suscitados por las excrecencias de la falta de representación.

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