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Insignificancia internacional

Las encuestas reflejan que la fiebre independentista se está enfriando
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El conflicto catalán es preocupante y seguramente no está bien enfocado desde el poder central, pero hay que reconocer que para el español de a pie empieza a convertirse en una pesadez. Cada vez cuesta más entenderlo y aceptarlo. Que los problemas cotidianos y asuntos corrientes que debe atender un gobierno autonómico andan en Barcelona manga por hombro desde hace meses se sabe y son muchos los catalanes que se quejan de que a las reivindicativas autoridades que tienen solo les preocupa dar un salto hacia adelante en la busca de más poder y parafernalia propia de un Estado que, por otra parte, originará más gastos que gravitarán sobre las costillas del contribuyente. Mientras tanto, los tiras y aflojas entre Mas y Junqueras, los líderes de CDC y ERC, los dos dirigentes que se reparten y, sobre todo, se disputan el bacalao en litigio se pasan la vida en reuniones y tiras y aflojas que si algo dejan en claro son sus diferencias políticas -lógicas por otra parte entre una coalición de derechas y un partido de izquierdas- y su incapacidad para entenderse más allá de su ilusión compartida por apuntarse el éxito de la independencia.

Las encuestas y otros indicadores callejeros reflejan que la fiebre independentista se está enfriando, algo normal pasados los primeros momentos emocionales cuando mucha gente se va dando cuenta de que la secesión no va a ser ninguna panacea sino más bien lo contrario. Y los enfrentamientos o discrepancias entre sus cabecillas, incapaces de pactar algo tan sencillo como una fecha para las elecciones es un mal augurio para el futuro. Si ahora, compartiendo un enemigo común como es la resistencia del Estado a aceptar sus pretensiones, ya tienen problemas, ¿qué no habrían de sufrir cuando se encontrasen con la hipotética necesidad de gestionar una administración independiente? Lo que está ocurriendo es un ejemplo preocupante para los ciudadanos. Para empezar, está la oposición de una parte de los partidos y para acabar, remata las diferencias ideológicas entre los promotores de la independencia.

Por supuesto que hay países independientes con menos población que Catalunya, con menor renta y menores perspectivas de futuro. En Europa hay ejemplos, empezando por Malta y Chipre, pero la pregunta que surge es cómo se las apañan para mantener sus servicios en pie y sus estructuras desplegadas. La respuesta es mal y teniendo que digerir que su orgullo independiente al final se queda en frustraciones de impotencia y reyertas políticas que no les sacan del subdesarrollo y de la insignificancia internacional.

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