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Invierno

Enero es un agujero todo él, una trampa contagiosa que cierra negocios y confina ciudades, que desborda hospitales y se cuenta por olas

ANTONIO SOLER

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Enero era una cuesta pequeño burguesa. La clase media baja afrontaba el mes como un Tourmalet, pero con los maillots grises y sin público ni avituallamiento. Era el soniquete de cada año, la mala digestión de los excesos navideños después de que la lotería, como siempre, hubiera sonreído a otros. A esos figurantes navideños que agitaban botellas de champán y se proponían tapar agujeros. Quitar trampas. Ahora enero es un agujero todo él, una trampa contagiosa que cierra negocios y confina ciudades, que desborda hospitales y se cuenta por olas. Los muertos ya casi nadie los cuenta. Elementos de la curva.

Enero era la nueva vida. El propósito de enmienda. En la infancia de uno, por esta época tocaba pergeñar una redacción invernal. El profesor, decaído él también por el regreso a aquella rutina con olor a tiza, a la empinada cuesta de lo cotidiano, mandaba a los niños hacer una redacción sobre el invierno mientras él, mirando por la ventana, hacía su propio balance de melancolías y esperanzas. Ordenando callar a cada tanto, soñando tal vez con escapar de aquella jaula como cada uno de los que allí estábamos afanados por describir la bruma, el frío de los árboles desnudos. La nieve, que los sureños imaginábamos como un sinónimo de la felicidad.

Ahora cae por media península, por medio mundo, el manto blanco. Copos que eran la imagen de un año de bienes y ahora son incapaces de distraer la incertidumbre en la que vivimos. Es un invierno duro, pero conviene tener abiertas las rendijas de las ventanas y de la mente. El aire se lleva los virus y las viejas ideas estancadas. Toda esa ponzoña. Y quizás, después de todo, llegue la primavera.

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