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Italia, laboratorio del populismo

Mateo Salvini quiere liberar al país transalpino de la dictadura de Bruselas y de Berlín y acabar con la ola de inmigrantes que recibe desde hace años. Eso prometió y eso hará si nadie le pone freno

Natàlia Rodríguez

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Guliano Ferrara fundó un perdiódico, Il Foglio, en Roma hace treinta años. Nos recibe en su casa del Testaccio, el barrio de Roma que se construyó encima de millones de restos de alfarería romana. Desde su terraza uno se siente protagonista de película de Sorrentino o de Fellini que es casi lo mismo.

Mientras el tramonto inunda Roma de colores purpuras (no se atreve el cielo con otra paleta), el viejo periodista nos comenta que «Italia inventó el fascismo y se lo prestó al resto de mundo. Al principio todos pensaban que era una broma y al final nos dimos cuenta que de broma no tenía nada. Mateo Salvini juega con ese fascismo latente que siempre ha existido en Italia, esa necesidad de Cesar, en realidad somos un país joven, algo perdido y sin identidad…Mucha historia y arte pero nada más». 

Palacio del Vinimale, sede del Ministerio del Interior. Mientras esperamos la llegada del hombre más popular de Italia y uno de los políticos más temidos de Europa, Mateo Salvini, el carabinieri que nos acompaña va dando cuenta del número de pasillos del Palazzo. El hombre lleva trabajando en el lugar más de cuarenta años «pero no vaya a creerse dottoressa, yo aún me pierdo». 

Mateo Salvini se toma de un solo trago una lata de Fanta de naranja con todo su azúcar mientras el cámara ajusta el encuadre. 

«Ministro, usted cree que usando las viejas frases de Benito Mussolini en su Facebook, no cree que le da alas a un revivial del fascismo?» «En absoluto. En Italia no hay riesgo de fascismo, ni de xenofobia ni de violencia, sencillamente cumplo la promesa que les hice a los italianos, cumplo con mi palabra, les dije que si yo llegaba al poder el número de inmigrantes clandestinos sería cero…y eso hago».

Habla mirando directamente al interlocutor, responde de forma tajante, sin los rituales almibarados tan típicos del italiano. El milanés es directo y duro. «Tengo paciencia» dice, «pero a un cierto punto… exploto» que es lo mismo que no tener paciencia en absoluto. 

El populismo, el soberanismo, los identitarios, la extrema derecha…cada día nos anuncian una nuevo apocalipsis en forma de resultado electoral. Cada país europeo, y no sólo, encuentra en estas formaciones políticas un refugio al miedo. Porque de eso se trata, del miedo al otro, del miedo a perderse en un mundo globalizado y plano, donde las referencias dejan de tener sentido. 

«Soy un hombre profundamente ligado a la historia de mi tierra (la Padania, las ricas regiones del norte de Italia), a mi dialecto, a mi pueblo a mis gentes». 

Salvini enumera sus amores de viejo político independentista, pero desde Roma, su objetivo ya no es la independencia padana, sino liberar al país transalpino del yugo europeo, de la dictadura de Bruselas y de Berlín y acabar de paso con la ola de inmigrantes que Italia recibe desde hace años. Eso prometió y eso hará si nadie le pone freno.

Su discurso es ovacionado y asumido hoy por más del 60% de los italianos. Mientras los intelectuales, el centro izquierda, los social demócratas, los demócratacristianos, los veganos, los vegetarianos, los comunistas (si es que aún queda alguno en Italia) perplejos y desanimados observan el fenómeno sin articular una respuesta.

Italia siempre ha sido un laboratorio político. Francia es un laboratorio social, pero Italia es la reina de la innovación política. Así que vayamos todos pensando en buscar un barreño de agua para poner nuestras barbas a  remojar ya que las de nuestro vecino están bien rasadas.

Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona

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