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Juego limpio frente al aire sucio

Madrid se sumó hace días a las capitales que restringen el tráfico privado, pero lo hizo mal

Enrique Badía

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Mantener el aire de las ciudades lo más limpio posible es un objetivo de puro sentido común. Nadie sensato puede oponerse. Otra cosa es aceptar o dar por válida cualquier medida. Por ejemplo, la propensión a proscribir el tráfico privado como única panacea para eliminar la contaminación. Además de colmar el gusto por prohibir que muestran algunos políticos, suena a recurso fácil que trata de obviar u ocultar dejaciones de mayor alcance.

Días atrás, Madrid se ha sumado a las capitales europeas que restringen el uso del coche. Pero lo ha hecho bastante mal. De forma más bien improvisada y un tanto espasmódica, ha implantado y anulado medidas, de un día para otro, perturbando y confundiendo a unos ciudadanos que no sabían si podían usar o no su vehículo, dónde ni para qué. Entre otras razones, por una sucesión de anuncios y desmentidos difícil de desentrañar.

La eficacia resultante ha quedado también por demostrar. Los datos de medición ambiental en la web del propio ayuntamiento han diferido, no poco, de los proclamados por los responsables municipales; tanto los exhibidos para justificar la emergencia de las medidas dictadas, como los manejados para resaltar los «favorables» efectos de cada restricción. ¿A quién creer?

El problema, en todo caso, es real. Madrid, como probablemente Barcelona y alguna otra urbe, necesita emprender actuaciones decididas para reducir unos índices de contaminación que exceden lo permisible. Pero, siendo complejas y variadas las causas, también deberá serlo cualquier solución, si se quiere que sea eficaz. Poco cabe esperar, por tanto, de simplificaciones preñadas de dogmatismo, más buscando señalar y castigar culpables que propiciando consensos compartidos y recetas con suficiente estabilidad.

Lo primero que contribuye a ensuciar el aire de las ciudades es la aglomeración. Quiere decir que la dimensión es un factor esencial, igual que las distintas formas de configuración: industria, servicios, dotaciones, equipamientos, etc. La planificación, por tanto, debería ser la principal herramienta, pero nadie se responsabiliza. Los antiguos, porque nadie se acuerda de ellos ni están para dar la cara. Los actuales, se sienten del todo ajenos a la herencia recibida. Desandar el camino no siempre es posible, pero sirve de poco ignorar o negar que lo de hoy es fruto de decisiones o inhibiciones de ayer.

Un segundo aspecto importante es que la supervisión administrativa está repartida entre variopintos niveles de la burocracia pública; unas veces con superposiciones y duplicidades, otras dejando vacíos que nadie decide llenar. Tampoco se aprecia suficiente coherencia en la actuación de distintos entes y a veces ni siquiera entre partes del mismo. Tomando de nuevo lo ocurrido en Madrid, fue llamativo que el mismo día que se dictaba la prohibición de circular para la mitad del parque –matrículas pares– se anunciara un incremento del impuesto municipal que grava su tenencia (IVTM) en 2017. O que, en esa misma jornada, no sólo no se mejorara la frecuencia de paso de los autobuses públicos de la EMT, sino que los tiempos de espera aumentaran en casi todas las líneas.

También resulta curioso que entre lo sugerido para el futuro destaque la posible prohibición total para los vehículos más antiguos o contaminantes. Suena bien, pero ¿es justa, sin más? Lo cierto es que se compraron legalizados, soportaron y siguen soportando la misma carga impositiva, si no mayor, y algunos incluso siguen teniendo autorizada su comercialización. ¿Se darán plazos u otras facilidades para su sustitución? Más ‘culpa’ que quien lo compró deberían afrontar el fabricante y la entidad oficial que lo certificó.

Hace años que se habla de potenciar el vehículo eléctrico e incluso se han habilitado planes para subvencionar su adquisición. Dejando aparte si la aportación fiscal cubre o no el sobreprecio con que los venden los fabricantes, es crucial la práctica inexistencia de una red de recarga que sirva a su todavía muy escaso grado de autonomía. Mientras, su alternativa de aproximación, el híbrido, mantiene unos precios poco o nada incentivadores, bastante por encima de lo que cuestan los coches equiparables en equipamiento y prestaciones.

Pretender partir de cero difícilmente servirá para lo que de verdad hace falta: analizar con rigor el problema, elegir las soluciones más racionales y propiciar el mayor consenso social para aplicarlas. Bueno será también dejar que los datos reales y la transparencia pesen más que el enfoque puramente ideológico, siempre más propicio a la manipulación. Catastrofistas y negacionistas harán bien en recuperar estrategias de juego limpio, entre otras cosas para evitar que perdure la desorientación en que tienen sumida a parte de la sociedad.

El recorrido hacia una mejor calidad del aire, en las ciudades y fuera de ellas, dejará ganadores y perdedores si se afronta de verdad. Deseable, podría decirse que imprescindible, será que el reparto se oriente al equilibrio, buscando equidad entre los beneficios para el medio ambiente y los perjuicios –no más allá de los imprescindibles– para los ciudadanos en su vida normal.

Con demasiada frecuencia se olvida que la solidaridad sólo merece tal nombre si es voluntaria; cuando deviene forzada, impuesta u obligada hay que cambiar la denominación.

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