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La DUI y otros viajes

Toda ruptura no pactada da lugar a la eliminación de un grupo de forma más o menos violenta
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En el verano no se puede hacer una Revolución, aunque puede ser una buena época para prepararla, aprovechando que todos estamos de “buen rollo” y que estamos dispuestos a admitir lo que en otro momento no haríamos. El verano es tiempo de relajación, de ponerse morenos y hasta negros, de baños, de bebidas refrescantes y de veladas largas de amigos y familiares.

El verano no es un tiempo de políticos ni de políticas. Sin embargo, los periódicos este año nos han bombardeado con comentarios sobre la declaración unilateral de independencia de Cataluña postulada por los partidos y por los grupos soberanistas. Seguro que en las largas tertulias de sobremesa este tema acaba saliendo, pero sin que llegue “la sangre al río”, porque estamos de vacaciones o al menos de descanso.

No teman que no se me ha pasado por la cabeza aportar más carbón al fuego ni tratar asuntos que requieren más frescura. Sólo pretendo hablarles de viajes, que son muy adecuados a estos días de julio y agosto. Porque el verano es también un tiempo de viajes, aunque estos consistan simplemente en trasladarse de casa y bajar de la Rambla a la playa.

La escritora serbia Tamara Djermanovic, (“Viaje a mi país ya inexistente“) nos cuenta como viajaba por estas fechas con su familia de Belgrado a Croacia para pasar esos días con sus amigos de toda la vida, entre los que poco importaban las nacionalidades. Un verano le dijeron en ese tono medio en broma medio en serio de las tertulias de esta época; “el próximo verano necesitarás un pasaporte para venir”. No volvió sino después de muchos años y no desde Belgrado sino desde su exilio en Barcelona. Yugoslavia había desaparecido entre tanto.

Entre los viajeros hay personajes de todo pelaje. Hay los viajeros turísticos que somos la mayoría. Pero también hay otro grupo de viajeros que viven el viaje como una colección que debe ir haciéndose poco a poco. Entre todos los grupos de viajeros los que más llaman la atención son los que coleccionan islas y sobre todo los que coleccionan “Estados inexistentes”, es decir, aquellas unidades políticas que se han separado o segregado de un Estado sin que hayan sido reconocidos por la comunidad internacional o al menos por un grupo importante de países. En cierta forma el coleccionismo de islas y el de Estados inexistentes obedece a una misma filosofía y son paralelos. En ambos casos, se quiere observar una comunidad aislada del resto, se deba su aislamiento al agua o simplemente a una decisión política.

Juan Pons, uno de los grandes viajeros españoles y catalanes, con el que he compartido mesa y algún viaje, es un coleccionista de islas y de Estados inexistentes, afición a la que se dedica con la pasión de una deportista y con la exigencia de un científico, y que le hace ir de Nauru (la república más pequeña del mundo) a Abjasia. “Cuando me preguntan qué de dónde soy, primero les digo que de Europa, luego de España, si mi sitúan, les añado que de Cataluña o más bien de Barcelona, y por último de L¨Eixample”, suele comentar este barcelonés. No se crean que el interés por los Estados inexistentes deriva de un locura nacionalista que lleva al viajero a la busca de precedentes: se debe más bien a la imperiosa necesidad de encontrar otros destinos diferentes a los habituales, sin prejuzgar ni sacar conclusiones. El viajero observa, escucha, mira, sobre todo mira, y no busca una explicación porque muchas veces no la hay. El viajero no es nunca un nacionalista, aunque sea de L´Eixample, y aunque de vuelta a casa esté dispuesto a sacar la estelada que tiene guardada en el baúl. El viajero, el verdadero viajero, sabe que por encima de todo están las personas y la vida que todo lo envuelve y que las ideas no deben servir para separar sino exclusivamente para unir.

La explosión de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) está siendo un ejemplo interesante, pero desgraciadamente sangriento, de la aparición de Estados inexistentes, derivadas de declaraciones unilaterales de independencia, que sirven para aumentar la colección del viajero: la Republica de Abjasia (separada de Georgia), la República de Osetia del Sur (separada también de Georgia), la de Nagorno-Karabaj (segregada de Azerbaiyán), son algunos ejemplos, pero hay más.

En todos estos casos observamos varios datos. Primero, que cuando empezamos a segregar podemos llegar (legal o ilegalmente) hasta el infinito y acabar siendo ciudadanos de L´Eixample como Juan Pons, o de Hospitalet de Llobregat como dice ser Jorge Sánchez (otro de los grandes viajeros actuales). Georgia y Azerbaiyán eran Estados dentro de la URSS que ejercieron el derecho de separación reconocido en la Constitución soviética, y de los que osetios, abjasios y karabajos a su vez se separaron (en este caso de forma ilegal).

Segundo, que los intereses internacionales se superponen siempre a los intereses locales, que en los ejemplos indicados no son otros que la delimitación de las zonas de influencia del bloque occidental y del antiguo bloque soviético. Y tercero, y quizás es lo más peligroso, que toda ruptura, pero en especial la que se produce de forma no pactada y contraria al orden constitucional establecido (sea el que sea), da lugar a la eliminación de un grupo de forma más o menos violenta.

Seguramente ustedes opinarán que estas experiencias de declaraciones unilaterales de independencia nada tienen que ver con nosotros y posiblemente tendrán razón. No obstante, resulta significativo que Azerbaiyán acabe de celebrar los primeros Juegos Europeos, real alternativa a los Juegos del Mediterráneo que se quieren celebrar dentro de dos años en Tarragona. Quizás las distancias no sean tan lejanas.

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