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La ambición de Esperanza Aguirre

El último objetivo de Esperanza Aguirre, que nunca reconocerá, es el liderazgo del PP
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Esperanza Aguirre, repuesta de una grave enfermedad, decidió dejar la política en septiembre de 2012, aunque en el último momento se limitó a abandonar la presidencia de la Comunidad de Madrid, manteniéndose por tanto en la presidencia del PP madrileño. Y después de un periodo de perfil bajo, ha regresado en tromba a la escena política con el ofrecimiento a Rajoy de su candidatura a la alcaldía madrileña y, finalmente, con su designación formal para tal cometido. Y tras confirmarse el nombramiento, se ha plantado en cuestión de horas frente a Génova para negarse a renunciar al poder regional y a acatar directrices -ni Manolo Cobo le hará el programa ni Javier Arenas, las listas-; ha hecho valer sus orígenes liberales para que nadie dude de que ella es más progresista que su compañera de cartel, la delegada del Gobierno Cristina Cifuentes; ha anunciado que acudirá a la manifestación antiabortista de Madrid; y, para terminar de enterrar la memoria de Alberto Ruiz Gallardón, ha anunciado que no pisará el inmenso cenotafio de Cibeles, erigido por el exalcalde en un alarde de culto a la personalidad (a la suya).

Esperanza -el verso suelto del PP- ha nombrado también a su propio equipo -bien es verdad que ha tenido que hacerlo entre los restos de su anterior cohorte, ya que varios de sus colaboradores están en prisión o imputados por corrupción- y se dispone a singularizar la campaña sobre sus propios axiomas ideológicos, el principal de los cuales es la bajada de impuestos. Genio y figura. Finalmente, ante la desconfianza de Génova, ha accedido a no presentarse a la presidencia del PP madrileño en el congreso que se celebre, como muy pronto, en 2016, siempre que sea efectivamente alcaldesa de Madrid (no si gana las elecciones pero no consigue la alcaldía, eventualidad que también es posible).

Esta cautela del aparato del Partido Popular frente a la única persona que ha disputado personalmente el liderazgo a Mariano Rajoy -aunque no se atreviera a lanzar su candidatura en 2008, seguramente porque se sabía derrotada de antemano- es artificiosa porque introduce un factor de desconfianza que sin duda lesiona las posibilidades de la candidata -¿cómo creerán en ella los electores si el aparato de su partido la amarra en corto porque no se fía?-, pero refleja el temor de que pudiera producirse una sorpresa si, como parece, el PP queda muy lejos de la mayoría absoluta en las elecciones generales. Porque el liderazgo de Rajoy se basa actualmente en el poder que ostenta, que es omnímodo gracias a la mayoría absoluta, pero podría debilitarse si se encontrase en una situación más precaria que le obligara a pactar con el adversario o, si, sencillamente, perdiera el poder.

En definitiva, Si Aguirre lograra lo que hoy por hoy parece imposible, que es la alcaldía de Madrid, estaría en condiciones de aspirar a un liderazgo heredado de Rajoy si éste se desfonda en las generales. Dicho sea sin olvidar que Aguirre tiene 63 años, por lo que el tiempo juega más bien a favor de las aspiraciones de Dolores de Cospedal y de Soraya Sáenz de Santamaría, mucho más jóvenes y ambas sin duda en la pista de la sucesión en el Partido Popular.

En definitiva, la batalla de Aguirre es, en primera instancia, municipal, aunque de gran relieve -gobernar Madrid es acaparar mucho poder y muchas visibilidad-, pero también, y sobre todo, estatal puesto que su horizonte tácito, que lógicamente nunca reconocerá por ahora, es el liderazgo del PP.

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