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La atención al cliente

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Por muchos cursos que reciban de cómo atender al cliente, siempre habrá quien olvide con rapidez lo aprendido y vuelva a su comportamiento habitual. Faltan buzones donde se pueda echar una queja o sugerencia del usuario.

Me encontraba a la espera de ser atendida en un lugar que no es preciso mencionar y veía que los números corrían muy lentamente hasta que dejaron de correr. Unas señoras se impacientaron y se atrevieron a cruzar la puerta de donde salían los atendidos, seguidamente se fueron. Me atreví a asomarme y no había nadie en el mostrador, pero sí estaban un poco más adentro los tres asistentes hablando tranquilamente. Me descubrieron en el momento que salía yo dispuesta ya a dejar la sala como habían hecho las anteriores señoras. Empezaron a sonar los timbres de los números y saltaron tres a la vez, lo cual quiere decir que los tres empleados estaban libres. Hay que añadir que algunas veces te atienden como si les debieras algo. Te sientes mal. Esto mismo ha ocurrido en otros sitios, coger número y ver las mesas con sus correspondientes ocupantes, pero ni caso de que estemos allí unos cuantos esperando su atención. Todos con la boquita cerrada aguantamos este mal proceder, hasta que alguno explota y llega a los periódicos.

No sé a qué se debe este comportamiento. ¿No les gusta el trabajo? ¿Tienen un mal día?

La amabilidad reina generalmente en muchos organismos y comercios, pero esto debería ser lo normal, por eso lamentamos lo mal que nos atienden en algunas ocasiones.

Sonreír es gratis, no nos desgasta y además hacemos la vida más agradable a otros. Si también atendemos con diligencia, ya es el summum.

María Elisa Aragonés Domènech

(Tarragona)

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