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¿La bofetada, «una eficaz forma de castigo»?

Educación. Recurrir a la violencia sistemática contra un alumno o un hijo por su mal comportamiento es síntoma del fracaso del docente, la escuela y los padres; pero dar una bofetada a tiempo, no tiene nada que ver

Gustau Alegret

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Tengo un amigo con quien siempre me reencuentro cuando vuelvo, aunque sea por pocos días. Nació en Tarragona donde vivió toda su vida hasta que se casó con una chica de Reus. Hoy vive en Reus.

Con Joanjo nos unen muchas vivencias: las de la guardería (las que recordamos), las del colegio y las de la universidad, aunque estudiamos carreras distintas. En esos encuentros en los que nos ponemos al día, con frecuencia vuelve a nuestra conversación la época del colegio, en la que él era un estudiante aplicado y yo uno travieso.

Así me recuerdan muchos, especialmente en su familia, donde me quieren a pesar de todo. Travieso como ese amigo «inquieto y revoltoso» que define el diccionario (aunque a mi me guste más la acepción de «sutil y sagaz»).

A pesar de las muchas travesuras que tengo en mi haber en la escuela -y les puedo asegurar que fueron tantas que hoy aún me las recuerdan quienes dedicaron esfuerzo y cariño a educarme-, solo en dos ocasiones recibí castigo físico, o lo que se diría coloquialmente como una buena bofetada.

Y en las dos, el efecto buscado fue inmediato: detener mi mal comportamiento y entrar en razón. La segunda de ellas, además, fue impactante porque vino de uno de los profesores más pacientes que recuerdo y quien tiene mi más profundo respeto y admiración. Se llamaba Jesús Medina. Hasta él perdió la paciencia conmigo. 

No defiendo el castigo físico en la escuela pero esas dos experiencias puntuales me hacen pensar en que a veces hubiera preferido recibir alguna que otra bofetada más.

La bofetada, el coscorrón o la palmada en el trasero pueden ser una herramienta educativa si no son más que un último recurso, y son una corrección cariñosa de autoridad (¿recuerdan aquello de que ‘quien te quiere te hará llorar’?). Recurrir a la violencia sistemática contra un alumno o un hijo por su mal comportamiento es síntoma del fracaso del docente, la escuela y los padres; pero dar una bofetada a tiempo, no tiene nada que ver. 

El debate sobre este tema es amplio y no siempre fácil. La teoría es una -porque el papel todo lo aguanta- y la práctica otra. Y aun dentro de la práctica, no todos los alumnos o hijos son iguales de revoltosos, traviesos o sagaces. Por eso no hay recetas universales.

En Estados Unidos, esta semana se ha reabierto el debate tras conocerse que la dirección de un colegio del estado de Georgia envió una carta a los padres diciéndoles que el colegio quería reintroducir el castigo físico y les pedía permiso para pegar a sus alumnos en el trasero en casos de mal comportamiento.  

La misiva, según el periódico The Guardian, explica cómo el centro administrarían el castigo: «El alumno será llevado a una oficina a puertas cerradas. El alumno pondrá las manos sobre las rodillas o sobre un mueble y será azotado en las nalgas con una pala de madera». De los cien padres que respondieron un tercio aceptó que su hijo pudiera recibir ese castigo. La directora del centro, Julie Hawkins, dijo al rotativo que ésta puede ser «una eficaz forma de castigo».  

En mi escuela nunca consultaron a mis padres sobre si les parecía bien el castigo físico (yo tampoco nunca conté ninguno de los dos episodios porque la siguiente pregunta sabía cuál era: «¿y qué has hecho?»), pero me temo que si les hubieran preguntado, ya sé la respuesta. Y me siento orgulloso de la educación que recibí, académica y en valores, a pesar (o no) de alguna que otra bofetada por travieso. 
 

Gustau Alegret es director de noticias en Estados Unidos de NTN24 y corresponsal de RAC1. También es experto en comunicación política y corporativa.

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