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La brecha vacunal

Álex Saldaña

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Cuando las grandes farmacéuticas estaban desarrollando sus vacunas prometieron que no buscarían beneficios económicos con ellas hasta que la pandemia hubiese remitido. Obviamente, era una broma. No, ni ellas se volverán almas caritativas ni nosotros saldremos mejores de esta crisis. Ni más solidarios. Más bien, al contrario; la pandemia ha fortalecido el axioma aquel de ‘sálvese quien pueda’, aunque eso implique dejar a los demás en la estacada.

Así, nosotros, primer mundo, nos planteamos ya ponernos la tercera dosis pese a que los expertos aseguran que las personas vacunadas ya están altamente protegidas y no ven clara la necesidad de un tercer pinchazo y aunque ese acaparamiento de inmunizaciones impida que las vacunas lleguen a los países pobres –en República Democrática del Congo tan solo un 0,09% de los ciudadanos ha recibido una dosis contra la Covid-19, y en Haití esta cifra asciende al 0,18%–.

Esta injusticia en la distribución de vacunas es «una vergüenza para la humanidad», en palabras del director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Pero el egoísmo de los países ricos, que luchan contra la pandemia solo dentro de sus fronteras sin tener en cuenta que se trata de una crisis global, además de no ser ético, ni siquiera es inteligente –el egoísmo casi nunca lo es–: dejar que el virus campe a sus anchas en la mitad del mundo podría originar variantes más contagiosas o más mortíferas que resistan a las vacunas existentes y nos devuelvan a todos a la casilla de salida. Porque nadie estará seguro mientras haya partes del mundo que sigan sin vacunarse. ¿Lo entenderemos algún día?

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