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La caída de Rato

El espectáculo es tan bochornoso que la exigencia pública de ánimo de enmienda surge espontáneamente
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La caída gradual de Rodrigo Rato, que ha culminado con su detención por unas horas y con el registro de su domicilio por la Agencia Tributaria en busca de indicios de delitos de alzamiento de bienes, blanqueo de dinero y fraude fiscal tras haber utilizado insólitamente la amnistía fiscal de 2012, compendia con patético realismo la falta de escrúpulos de un personaje perteneciente a una elite social y política que ha terminado provocando la airada reacción social a la que estamos asistiendo. Una reacción que ya ha suscitado mudanzas en el sistema de representación y que provocará cambios relevantes en los futuros equilibrios políticos. Tras su salida del Ejecutivo, todo ha sido cuesta abajo: convertido en director gerente del Fondo Monetario Internacional en 2004, con el apoyo de todas las fuerzas políticas y económicas del país, tiró la toalla tres años después ‘por razones personales’, sin ver, aparentemente, que un cargo así no puede arrojarse frívolamente por la borda porque también está en juego el prestigio del Estado de procedencia. La exigencia social a los partidos políticos es hoy mucho mayor, y el surgimiento de nuevos actores obligará a los antiguos a mantener un celo especial, a actuar con una prudencia exquisita y a establecer un control radical sobre quienes gestionen el dinero de todos. El espectáculo es tan bochornoso que el ánimo de enmienda surge espontáneamente. Ojalá que seamos capaces de renacer de las cenizas.

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