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Según algún candidato, Madrid atesora la esencia milenaria del españolismo, previa incluso a la existencia de España

FELIPE BENÍTEZ REYES

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Mañana martes los madrileños irán a votar y el resto de los españoles descansaremos al fin de una campaña electoral especialmente crispada que, en un plano estrictamente territorial, ni nos va ni nos viene, pero que se nos ha metido en casa gracias a ese centralismo informativo que sobrevive a la fragmentación autonómica.

De las informaciones que nos llegan se concluyen varias cosas, todas ellas edificantes. Por ejemplo, que los madrileños son víctimas de una creciente madrileñofobia. Y es que si Cataluña disfruta -y nunca mejor dicho- de la catalanofobia, Madrid no podía ser menos: ¿qué región del mundo puede vivir sin una idiosincrasia y sin agravios a su idiosincrasia?

También se deduce, con arreglo a las proclamas de algunos candidatos, que Madrid atesora la esencia milenaria del españolismo, previa incluso a la existencia de España: algo así, no sé, como un bastión irreductible frente a la amenaza del comunismo, al que algunos combaten mediante la defensa de una especie de anarquismo de derechas, ideología política que defiende aspectos tan variados como pueden serlo la bajada de impuestos como método para garantizar los servicios públicos o bien el consumo de cerveza, en tiempos de pandemia, como un acto cívico de libertad y rebeldía identitaria.

No en vano la actual presidenta dejó claro que a Madrid emigra lo mejor de las Españas, mientras que en el resto del territorio se queda la gleba improductiva y subvencionada, dato que ya conocíamos por boca de algunos dirigentes catalanes.

En estos momentos, en suma, todo vale. Y el día 4 votarán. Y entonces, pase lo que pase, empezará allí el verdadero lío.

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