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La cara es el espejo del alma

¿Cómo pedirle al ciudadano que cuide sus fachadas si el consistorio se olvida de la suya?
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Entre tertulias de café de desayuno, andábamos buscando un título para reflejar en pocas palabras el estado de la fachada del Ayuntamiento de Tarragona. Desconches de mortero, pintura deteriorada, cornisas llenas de polvo y malas hierbas, excrementos de palomas y suciedad acumulada por los balcones. Esta es la expresión más cercana a la realidad actual de la imagen que proyecta internacionalmente el edificio consistorial. El que alberga la representatividad de una ciudad que es una capital de provincia que en su día fue capital de Hispania Citerior, residencia imperial y que actualmente todavía mantiene la mención de ser Patrimonio de la Humanidad.

No se puede pasar por alto que Tarragona es quizás la única de las 54 capitales de provincia cuya casa consistorial da verdadera pena y proyecta una imagen de deterioro impresionante. La antítesis de la rehabilitación de los centros históricos se da cita en la Plaça de la Font, en la calle posterior, Rera de Sant Domenech, y en la lateral, Sant Domenech. Por eso, va de perlas aquella frase de que la cara es el espejo del alma. Y el alma del Ayuntamiento parece dormida, amedrentada y abandonada. Sin duda, no sé de qué se hablará en los plenarios, pero no hace falta hurgar demasiado para saber que de rehabilitación se habla mal y muy poco.

Cualquier ciudadano que haya visto algo de mundo y haya visitado cualquiera de las 54 ciudades que capitalizan su respectivo territorio sabrá y habrá visto que hay edificios consistoriales adecuadamente rehabilitados y cuidados cuya imagen proyecta un cierto orden, limpieza y ornamento. ¿Por qué Tarragona es la excepción? ¿Acaso no hay dinero para ello? O peor. ¿No hay idea de ello? ¿O sentido del ridículo ante cuestiones cuyo coste es perfectamente asumible?

Es realmente preocupante y desalentador pensar que no hay la sensibilidad suficiente ni necesaria para capitalizar un territorio y llevar el timón del barco. Aquí, somos remeros de la capital, sucursal de otros y nadie parece ostentar el mando para tomar decisiones tan simples como barrer la casa o adecentarla.

No hacen falta excesivas sumas para ver que con menos de 150.000 euros las fachadas del Ayuntamiento podrían lucir un aspecto adecuado y representativo de una ciudadanía que proyectase ilusión y aliento, motivación, plan, trayecto y proyecto. Al parecer, mi repetida actitud negativa ante las cosas realmente ‘feas’ de esta ciudad debería transformarse en un positivismo que no sé encontrar. Francamente, no le veo la gracia, ni la parte positiva a un edificio que proyecta una imagen cercana a la dejadez previa a lo ruinógeno. Quizás es lo que realmente somos. ¿Un Ayuntamiento arruinado con el gozo en un pozo?

Quizás no hay mejor metáfora que la del pozo para entender las cosas del derroche en esta ciudad. No en vano, determinados espacios municipales de creatividad se ubican en el pozo del patio consistorial. Quizás, lo ruinoso del edificio es tan cercano como desconocido, o es que ‘no mola’ hacer un proyecto de restauración de la fachada. Son banalidades de albañil barato dedicarse a estos menesteres cuando la ciudad parece reclamar una ‘arquitectura de autor’ que ni llega ni llegará por los caminos escrutados hasta la fecha.

Tarragona no es una ciudad banal ni que permita vanidades. Es una ciudad dormitada que necesita un veradadero ‘smart impulso’ o impulso inteligente. Se trata de implementar microarquitrectura en lugar de macroarquitectura. Se trata de poner en marcha pequeños grandes proyectos llenos de inteligencia, que no de genialidades propias de pequeños dioses que buscan la fama con el dinero del contribuyente. Se trata de poner en marcha una auténtica operación de rehabilitación y activación de la ciudad, tanto a nivel económico como a nivel de sus estructuras urbanas.

¿Cómo pedirle al ciudadano que cuide sus casas, sus fachadas, si el consistorio se olvida de la suya? ¿Podemos proyectarnos al mundo desde un balcón municipal rónico y lleno de polvo? ¿Podemos explicarle al mundo que somos el palomar de la humanidad? ¿Podemos permitirnos el lujo de no tener ningún proyecto urbano consistente y consensuado con la sociedad civil de la ciudad? Todo ello alienta una enorme duda sobre la función y finalidad de proyectar arquitectura desde el Ayuntamiento en lugar de proyectar ideas y motivación social. Como decía con agria actitud crítica pero positivista el profesor Moragas, en mi etapa universitaria: «Mi hijo lo haría igual, o mejor».

Hoy sólo toca hablar de la fachada. Otro día, si se tercia, hablaremos de la cubierta y del techo del salón de plenos. Que tengan un magnífico día, lectores.

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