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La cerveza de Ahmed

Dicen que sólo podrás conocer bien Yemen si asumes la diferencia cultural con Europa
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Esta historia no tiene un principio, tampoco un fin. En realidad, si somos serios habría que concluir que no tenemos una historia. Todo lo más una excusa.

La semana pasada un confidente de los servicios de espionaje yemenita ha declarado que el atentado de Marib de julio del 2007, en el que murieron varios turistas españoles, podía haberse evitado porque las fuerzas oficiales estaban avisadas con antelación. El confidente ha asegurado además que todo formaba parte del doble juego seguido con los americanos por el expresidente Saleh.

Pero este tema más propio de una novela de Le Carré es simplemente la excusa que puede ser conveniente para no perder al lector antes de empezar.

Marib es conocida fundamentalmente por dos cosas. Por ser supuestamente el lugar de la Reina de Saba, la que enamoró a Salomón, la del libro de viajes de Malraux. Y también por ser el sitio donde comienza (o termina, según la ruta) el desierto, “el espacio vacío“, que separa estas tierras del oasis de Hadramaut. La familia de Bin Laden es originaria de aquí, aunque luego marcharon y se hicieron ricos en Arabia Saudita. También en el caso de Bin Laden ciertas revelaciones de estos días empiezan a poner en duda la versión oficial del Presidente Obama sobre su muerte y sugieren un doble juego.

Si no pudiésemos prescindir en esta historia de un principio, diríamos que se encuentra en el famoso café Florian de la Piazza de San Marcos de Venecia abierto en el año 1720. Pero el café nunca vino de Europa sino de un sitio tan lejano y tan extraño como Mokka en la costa del Mar Rojo, que también en esa misma fecha empezaba su gran momento de esplendor.

Luego la historia (por llamarla de alguna manera, como les digo) puede continuar en un avión que hace la ruta de Italia a Sana con una chica vestida a la última moda europea que antes del aterrizaje se oculta detrás del traje negro que todos conocemos. Ha llegado a otro país, que es el suyo, y aquí las reglas son distintas y no está dispuesta a dejar de cumplirlas.

Dicen que sólo podrás conocer bien Yemen si asumes la diferencia cultural con Europa y no priorizas valores. Dicen también, aunque quizás sea lo mismo, que no podrás conocerlo bien si no tomas su droga predilecta (el kat); igual que si no bebes un whiskey en Escocia o te tomas una paella en Valencia. Pero aquí el kat supera a todas las demás, porque el policía de la esquina guía el tráfico mientras mastica el kat y tu propio conductor lo necesita tanto como un taxista chino el té verde. La historia (insisto, que por llamarla de alguna manera) puede tener sus recovecos y sus pequeños meandros. En el norte, en Saida, un judío, el único que ha sobrevivido después de los tiempos de Salomón, porque todos los demás han huido a ese nuevo Estado que se llama Israel, continúa su oficio de siempre (el de platero), mientras los niños tiran piedras a los pocos turistas que se les ocurren aparecer y los mayores venden armas como otros melones. En Zabib, en que se inspiró Pasolini para una de sus películas, puedes tomar un té hospitalario y retroceder en el tiempo hasta los días en que era uno de los centros intelectuales mayores del mundo, pero deberás retroceder cientos y cientos de años y el té no da para tanto, con lo que no habrá más remedio que acudir al kat.

Pero hay que llegar al final, a ese final que empezamos en el café Florian, o quizás no sea el final sino el principio. Todavía Mokka existe en los mapas, todavía hay personas que han sucedido a sus antiguos pobladores, puedes incluso comer en algún sitio, pero todo aquello que la convirtió en uno de los grandes lugares del comercio internacional ha desaparecido ya hace mucho tiempo, igual que en Zabib.

El escritor Kevin Rushby, cuando viaja por estas tierras, titula su libro En busca de las flores del Paraíso que en cierta manera recuerda el nombre de la gran obra de Proust. Rushby confiesa que su ilusión era tomar esos frutos alucinógenos en el antiguo palacio del sultán; pero los viejos, que son los que han experimentado a lo largo de su vida y saben la verdad de las cosas, conocen que el mejor sitio para el kat es Mokka, como lo es el para el café “el Florian”.

En el camino de vuelta Ahmed para el coche en medio de la nada, corre hacia una colina y vuelve alegre con una lata de cerveza. “¡Estamos en el Sur¡”, susurra picarón. No merece la pena decirle que le han engañado y que en un lateral pone la fecha de caducidad, largo tiempo pasada, de esta pecaminosa HEINEKEN.

Toda historia debe tener un resumen, algo que deje un poso al lector y que al mismo tiempo pueda resaltarse por el editor. Esta me temo que no la tiene, salvo que quieran quedarse con la de la chica que cambia sus vestidos sin preguntarse nada más y cumple la norma. Aunque a mí gusta más la de Ahmed que prefiere infringir, a su manera, una de ellas.

Las sociedades como los cursos de agua tienen que avanzar y encontrar una salida si no quieren morir. No hay recetas mágicas. Respetar y comprender el pasado, salvar las contradicciones y buscar nuevos valores estables que nos den seguridad, son las líneas a seguir; aunque como Ahmed hay que tener cuidado con no elegir equivocadamente y sobre todo con no perderse en los sueños de las flores del Paraíso.

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