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La ciudad para los peatones

Permutar coches por peatones ganando legitimidad en la zona me resulta inefable

Ramon Grau

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La ciudad para los peatones

La ciudad para los peatones

Ramón, soy tu Tarragona, vuelvo, sabes que no me voy de vacaciones, pero a veces mi rasgo me permite descansar un poco. Hoy omitiré las críticas. El pleno municipal final de junio aprobó que las calles del entorno del Mercado Central serán un espacio para peatones –ya sé, con limitaciones de tránsito reducido–, pero aun así me sentí como encima de un colchón mullido: Colón, Gobernador González, Reding, Corsini, Cervantes y Fortuny serán área peatonal comercial. Permutar coches por peatones ganando legitimidad en mi estimada zona me resulta inefable. Tardío en emerger, pero felicito al consistorio por la idea. Me vino a la memoria la frase de aquellos futbolistas –aseguran que del Nàstic– dirigida a un compañero, jugador mediocre, cuando lanzó una falta con acierto: «Bien tirada, Valentín, algo corta pero al fin».

Percibo los efluvios de la vida en ese sector de hace casi dos mil años bajo mi Imperio, cuando yo era Tarraco, llamada Residencial Intramuros. Hasta mitad del siglo I aquel rectángulo había sido urbanísticamente desigual. Pero llegó Augusto y lo transformó racionalmente, trazando sus calles –no como las de Roma de gran zigzagueo– paralelas a la actual Rambla, cruzadas por otras perpendiculares. Pese a mi escasa capacidad métrica, debían tener una anchura de cuatro metros, permitiendo cruzarse dos carros. La zona brilló con intensidad hasta el siglo II, acogiendo en su entorno el Foro de la Colonia (calle Cervantes) que, construido cien años antes de Cristo, mantenía erecta la basílica, sus tres naves con locales comerciales, la columnata de 14 fustes y vigente la gran sala del tribunal de justicia. De audaz creación, bajando la vertiente y antes de llegar a la zona portuaria, se alzaba el Teatro, obra de Tiberio, edificado a lomo de la pendiente natural del cerro, los 4.000 espectadores acomodados en graderío semicircular disfrutaban del espectáculo, viendo el mar, bajo una carpa que los cubría.

Me sentía hermosa y segura contemplando mi área poblada de insulae (edificios de viviendas) que como en Roma convivían, aunque en menor cuantía, con villas domus de pudientes propietarios, que también daban a la calle pero paradójicamente aisladas mediante un muro macizo y sin ventanas, tras él sus salones abrían los vanos a un patio interior ajardinado, como aquella lujosa quinta (Gobernador González) de la cual, el siglo pasado, pudisteis salvar un espléndido mosaico que se exhibe en el Museo Arqueológico. Los insulae eran edificaciones de tres y cuatro plantas de altura –no tan atrevidos como los de Roma, de hasta once pisos de altura, que Augusto llegó a prohibir por su riesgo de derrumbe e incendio, según el burlón Juvenal, construidos con techos de vigas de madera delgadas como flautas–, casi todos distribuidos en pequeños pisos de alquiler. La planta baja –salvo vivienda de algún adinerado– era dividida en locales, de comerciantes, artesanos, tabernas, etc. Disponían de una pequeña escalera de madera que conducía a un altillo-habitación, donde vivía la familia. Si el inquilino retrasaba el pago del alquiler, el propietario quitaba la escalerita bloqueando el trasiego familiar. Una escalera de piedra comunicaba las plantas superiores, paredes de ladrillo, con fachada a la calle, todas similares. Las viviendas, poseían ventanas y balcones que adornaban con macetas y flores. Al anochecer la gente se metía en casa, cerraban las ventanas, que eran grandes, de madera, o las protegían con pieles; de día abiertas, salvo en invierno, entonces el piso permanecía a oscuras o iluminado mediante antorchas y lámparas de aceite. Cocinaban y se calentaban mediante el fuego de braseros o infiernillos, que requerían orificios de salida de humo. Comprenderás el peligro latente de incendios y derrumbamientos puesto que las divisiones interiores eran muy ligeras. Racional que los vecinos vivieran con temor. Vista la cotidianidad de esos sucesos, Augusto, adentrado en la misericordia, creó un cuerpo de bomberos. Hay que añadir otra situación sombría y desoladora: las viviendas no tenían agua corriente, salvo algunos acomodados propietarios de bajos que disponían del oneroso permiso y conducciones. Los pelagatos de pisos superiores se servían de vasijas de arcilla que subían los esclavos –si disponían de ellos– aguadores, considerado el empleo más bajo.

El movimiento en las calles era animado y bullicioso, a grito pelado los vendedores pregonaban su producto, mezclado con los sonidos de artesanos, las conversaciones de los ociosos o paseantes que despellejaban –como ahora– al vecino. Caminantes, como los clientes del tonsor o barbero que precisaban un arreglo rápido, como quería Augusto o distinguido como Adriano, que se hacía rizar el pelo y la barba.

La noche era peligrosa, dominaba la incerteza e inseguridad, solo los ricos caminaban o eran portados y protegidos por sus esclavos con antorchas. A fin de asegurar el estado de convivencia callejera diurna, Marco Aurelio estableció que, como en todas las ciudades, los carros de suministro en general y para la construcción, que a menudo se atascaban y transitaban entre la cordura y los excesos, lo hicieran por la noche.

Han pasado casi 2000 años, es curioso, sobre ese tema me entristece que en ‘Sálvese quien pueda’ F. Montoya del Diario lamentaba que camiones de reparto circularan por la Parte Alta a media mañana. Pero el día 14 el Sr. Ortiz Lladó, en una carta al director, consideraba templada esa crítica, incidiendo negativamente en el patético y descontrolado problema circulatorio. Eso me recuerda el primer ayuntamiento democrático, con alcalde socialista, que pretendía promover, mediante una firme e inquebrantable defensa de los peatones, aparcamientos disuasorios fuera del centro a fin de librar al ciudadano de tráfico rodado. Ahora se desdice, lo atrae y bonifica bajando los precios. ¿Será el costo del pacto con el PP?

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