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La compasión turca

Todas las guerras son santas, incluso para los que no creen en Dios

Manuel Alcántara

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El secreto de toda estrategia consiste en aprovechar el impulso del contrario, pero para usarlo hay que saber quienes están en contra. Hay siempre demasiados patriotas. Unos quieren salvarla y otros hundirla para que se pueda emerger. Para distinguir quiénes son los buenos y los malos basta fijarse, en primera instancia, en quiénes han ganado, aunque la competición sea más larga. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, juró que los participantes de la intentona golpista «pagarán un alto precio». Es hombre de palabra y ya sabemos cuál es el importe de la factura: 2.800 militares arrestados y 2.700 jueces destituidos. La asonada ha resultado más sonora de lo previsto para los disidentes. Ha dejado, hasta que se hagan cuentas más precisas, más de 250 muertos y muchos aspirantes a la inmovilidad absoluta. Las guerras civiles son las peores, porque dejan más herederos. Que nos lo pregunten a los españoles. Parece que todas duran un siglo, o sea, tres generaciones, pero hay gente que opina que son las menos estúpidas porque en ellas, por lo menos, la gente se carga a la gente que conoce y no a la que ha venido de fuera y no te ha hecho nunca nada malo.

En Turquía se ha movido todo, pero el traqueteo mayor lo ha experimentado el escalafón. ¿Cómo se cubren los puestos de los militares y de los jueces que se equivocaron en su apuesta? Los actuales triunfadores serán ensalzados mientras que los que perdieron están en un ¡ay! La famosa queja de los vencidos. Todas las guerras son santas, incluso para los que no creen en Dios, ni en ninguna otra divinidad más o menos compasiva que distribuye los muertos en dos apartados: los héroes y los mártires. De momento se busca al empresario. Se sospecha del clérigo Fetulá Gülen, que además es teólogo. La compasión ha muerto.

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