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La corrección política

Enrique Arias Vega

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Gran número de actores negros van a boicotear la entrega de los Oscar porque esta vez no hay actores de su raza nominados para los premios. ¡Vaya por Dios!

Días antes, se celebrará el partido de las estrellas de la NBA y resulta que los 24 baloncestistas seleccionados para el encuentro son todos afroamericanos. Por suerte, ningún jugador blanco ha protestado por ello.

Es que lo políticamente correcto hoy día consiste en criticar la discriminación de las minorías (de alguna de ellas) y no hacerlo con la mayoría. En coherencia con ello, a los actores de color no les pareció discriminatorio en su día, sino todo lo contrario, el que los Oscar de 2001 fuesen para dos de los suyos: Halle Berry y Denzel Washington, estupendos intérpretes, por cierto.

De seguir con esta mandanga, los actores hispanos de EEUU (la minoría más amplia y de mayor crecimiento en el país) también podrían montar su particular pollo, así como los calvos, los celíacos y hasta los de pies planos, al no verse representados en la recepción de premios.

La exacerbación absurda de lo políticamente correcto puede acabar por perjudicar a aquellos a quienes pretende proteger. En 1988, cuando la eclosión de la llamada discriminación positiva, asistí en Florida al consejo de dirección de un periódico, donde el editor se extrañaba de que los negros no aspirasen a los suculentos empleos que les ofrecían.

La opinión más inteligente fue la del único afroamericano de la reunión: «Es que vivir en este sitio es un aburrimiento para un negro, ya que no hay un entorno cultural en el que pueda sentirse a gusto, por mucho que se le pague».

O sea, que las cosas al final acaban cayendo por su propio peso y no por la equívoca generosidad de quienes las promueven.

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