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La crisis del PP

Javier Arenas y su entorno arcaizante representan el parasitismo político
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Las elecciones andaluzas han confrontado al Partido Popular con su verdadera y delicada situación. La pérdida de 17 escaños en Andalucía, en tanto el Partido Socialista, que ha gobernado la comunidad autónoma en medio de una interminable eclosión de escándalos, conservaba todos los suyos y vencía por holgado margen, ha evidenciado que las noticias macroeconómicas de salida de la crisis no son suficientes para asegurar la hegemonía a una formación que ha mostrado un severo autismo político durante la legislatura.

La actitud de Rajoy, hermética hasta con los suyos, tan incapaz de promover la renovación de su partido que ni siquiera ha movido el banquillo más de lo indispensable durante la legislatura -tan sólo ha prescindido de dos ministros, Ana Mato y de Arias Cañete-, está de algún modo en el origen del desaguisado. Después de meses de indolente demora en la provisión de un candidato andaluz tras la retirada de Javier Arenas -que había ganado las elecciones de 2012 pero que no pudo gobernar-, la designación de Moreno Bonilla por el procedimiento habitual -es decir, por el dedo presidencial- ha generado el gran desencuentro. Moreno Bonilla, con problemas poco confesables de currículum, era el candidato del propio Arenas, muy cercano a Rajoy, pero no de Cospedal, la secretaria general del partido, con quien Arenas, el único representante de la ‘vieja guardia’ en la dirección popular, mantiene antigua y tensa rivalidad. Para complicar aún más la situación, Soraya Sáenz de Santamaría apoyó también a Moreno, con quien había colaborado en el grupo parlamentario, lo que ha deteriorado aún más las relaciones de la vicepresidenta con la secretaria general.

Así las cosas, es lógico que Cospedal y su entorno hayan reaccionado con irritación ante las filtraciones realizadas por personas cercanas a Arenas que pretendían responsabilizar a aquélla de la débacle, e insinuaban que el Consejo Político de hoy podría servir incluso para renovar la cúpula popular y situar en la secretaría general a un político a tiempo completo (como se sabe, Cospedal, que ha aguantado el tipo en tiempos muy difíciles sin haber tenido nada que ver en los episodios de corrupción que se dirimían, compatibiliza la secretaría general con la presidencia de la Comunidad de Castilla La Mancha).

Javier Arenas y su entorno arcaizante representan el parasitismo político suscitado por la reprobable endogamia de partido que ha terminado desacreditando a las grandes organizaciones. Pero también Rajoy, con su hieratismo y con una acumulación de poder asombrosa y sin precedentes, ha contribuido a desmantelar el tejido de su propia organización, en la que no hay formas de promoción interna distintas de la simple arbitrariedad. Sus adeptos con asiento en el consejo de ministros se han organizado en facciones informales -se habla del G-5 y del G-8-, pero no hay en la formación política órganos deliberantes ni sistemas de democracia interna que oxigenen el Partido Popular, que actualmente está por completo en manos del líder, con lo que ello significa: finalmente, el jefe se termina lastrando con todas las carencias. No es extraño que, al termino de la legislatura, Rajoy mantenga, según el CIS, la peor popularidad que jamás experimentó presidente del Gobierno alguno.

Las insatisfechas ambiciones políticas de muchos, los temores de quienes hoy ocupan cargos en los niveles autonómico y municipal y temen perderlos, los malos presagios de las encuestas y la falta de cauce para el debate interno son los problemas que debería tratar de resolver el Consejo Político de hoy. Rajoy descartó ayer cambio alguno en la cúpula popular pero no es verosímil que vaya a cambiar a estas alturas sus impenitentes hábitos elusivos. Por eso, los presagios no pueden ser favorables.

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