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La culpa es de los otros

Ser todos uno es muy difícil porque todos somos varios, según donde hayamos nacido
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Los gases lacrimógenos se confunden con las lágrimas auténticas, pero las vallas de espino no se parecen a los verdes valles de aquella resurrecta Europa que emergió de la que es por ahora la última guerra mundial. Estamos llamando a la miseria con distintos nombres, según hable la señora Merkel o el señor Renci o el señor Valls, pero los culpables son siempre los demás, lo que viene a dar la razón a Sartre, que vio claro, aunque era un estrábico irreparable, que el infierno son los otros.

Lo que no está tan nítido es saber quiénes son los nuestros. Los mapas europeos se han metido en una coctelera y todo son reuniones extraordinarias de ministros del Interior para hablar de un tema único: los refugiados. ¿Cómo les habrán contado que se vive en el viejo continente, a la sombra de las viejas catedrales donde se sigue confortando a los pobres? Europa no sólo no ha sido nunca un paraíso, ni siquiera en la época que la llamaron «bella» los que se libraron de morir en las trincheras, ya que delegaron ese alto honor en desconocidos que aprendieron a morir por sus patrias antes de que se hablara de la Unión Europea.

Ser todos uno es muy difícil porque todos somos varios, según donde hayamos nacido y sobre todo según el sitio donde haya transcurrido nuestra infancia, esa fábula de fuentes, según los poetas, en especial los que no se resignan a haber nacido en un sólo sitio. El presidente, don Mariano, que si no es lo contrario de poeta es lo más opuesto, teme que se produzca el pacto de Podemos y el PSOE, que según él ya se está cocinando y a punto de salir del horno, que por cierto no está para bollos. En España, gracias al involuntario sacrificio de los que menos tienen, se ha salvado la banca. A los que en los discursos se les suele aludir como la clase «más desfavorecida» les debemos los más grandes favores. Sólo es nuestra culpa, porque somos los otros.

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