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La denuncia de la violencia de género

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Los sucesivos episodios de violencia de género nos golpean con saña este mes de agosto, encabezados por el doble asesinato de Cuenca. El elemento más perturbador de la situación actual del problema parece ser la falta de denuncia de las víctimas. Sólo cuatro de las 24 mujeres asesinadas en lo que va de año presentaron denuncia por malos tratos. Es sabido que la muerte de la víctima suele ser el último estadio de una cadena creciente de vejaciones. Una de las mujeres asesinadas este agosto, en Castelldefels, había padecido semanas atrás el incendio de su automóvil y de su vivienda. Pese a ello, y a que la policía dio por supuesto que su cónyuge tenía que ver con aquellos hechos, no hubo denuncia alguna. Es evidente que todo el aparato legal y preventivo que se ha edificado desde 2004 resulta inútil si la víctima no alerta de su situación a las fuerzas de seguridad o a las instituciones creadas a tal fin. La resistencia a la denuncia tiene causas complejas. Pero influye decisivamente el temor a perder el acomodo familiar y entrar en un estado de precariedad e incertidumbre. La mujer que denuncia rompe un vínculo basado en poderosas inercias. Para que decida romperlo tiene que haber encontrado otras certezas, que son las que las instituciones deben darle, a ella y a los hijos a su cargo. En este terreno, que tiene evidente contenido presupuestario, hay que trabajar intensamente. Sin olvidar las reformas procesales y penales que pueden facilitar el aislamiento y condena del agresor.

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