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La deshumanización virtual

Hay algo peor que no leer ningún libro: leer siempre el mismo. Conduce al fanatismo

Dánel Arzamendi

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Las redes sociales han saltado esta semana al papel impreso a raíz de un incidente que debería invitarnos a reflexionar. Todos hemos oído hablar de Adrián Hinojosa, un niño valenciano de ocho años que sufre Sarcoma de Ewing, un tipo de cáncer óseo muy poco habitual. Pese a su corta edad, siempre ha tenido clarísimo lo que quiere ser de mayor: torero. El pasado fin de semana el mundo de la lidia se volcó con él, organizando una corrida en la plaza de Valencia para recaudar fondos en beneficio de la Fundación Oncohematología Infantil. El problema llegó cuando algunos defensores de los animales decidieron mostrar su oposición a la iniciativa con unos comentarios en las redes que sólo soy capaz de definir como psicopáticos. En el ambiente antitaurino, como en todos, también hay mucho cabestro.

Primero fue una usuaria de Facebook la que se cebó con el niño: «Yo no voy a ser políticamente correcta. Qué va. Que se muera, que se muera ya. Un niño enfermo que quiere curarse para matar herbívoros inocentes y sanos que también quieren vivir. Anda yaaaaa! Adrián, vas a morir». Poco después, otro tipo seguía su estela con dos mensajes en Twitter: «Qué gasto más innecesario se está haciendo con la recuperación de Adrián, el niño éste que tiene cáncer, quiere ser torero y corta orejas. No lo digo por su vida, que me importa dos cojones. Lo digo porque probablemente esté siendo tratado en la sanidad pública. Con mi dinero». Supongo que no hace falta añadir ninguna valoración.

Personalmente no me identifico con el movimiento animalista (en realidad, con casi ninguno), aunque sí considero que la fiesta de los toros es un espectáculo repugnante y anacrónico que choca frontalmente con los valores que hoy día imperan en el mundo civilizado. Admito que los animales cuya carne se sirve en nuestras mesas sufren tanto o más que los que mueren en las plazas de toros, y precisamente por ello me parecería igualmente nauseabundo que pusieran una grada en los mataderos para disfrutar de la escabechina. Dicho de otro modo, lo que me parece inquietante de este festejo no es que matemos a un animal (hacemos lo mismo con las terneras o los cochinillos) sino que alguien goce viendo el espectáculo.

Sin embargo, la posición que cada uno sostenga sobre este asunto resulta irrelevante a la hora de analizar los ataques en la red antes señalados, pese a que algunos aficionados a la lidia hayan intentado aprovechar este vergonzoso episodio para arrimar el ascua a su sardina. Probablemente debamos abrir nuestro objetivo para darnos cuenta de que nos enfrentamos a un problema mucho más global, aunque su envergadura puede ser mayor o menor dependiendo de los cimientos sociales sobre los que se eleve.

Efectivamente, vivimos en un país en el que tiene la razón quien grita más fuerte. A esa tendencia debe unirse un maniqueísmo inmemorial que conduce habitualmente a escuchar sólo a quien dice lo que uno quiere oír. Y ya se sabe que hay algo peor que no leer ningún libro: leer siempre el mismo. Lo primero conduce a la ignorancia, pero lo segundo al fanatismo, que aún es más peligroso porque en el fondo no es más que una ignorancia militante. Esta forma de proceder suele desembocar en una mentalidad sectaria de orejera con múltiples manifestaciones (pensemos, por ejemplo, en la crónica colisión de las dos Españas). Afortunadamente existe un remedio que atenúa los efectos de esta maldición: la empatía que se deriva del trato personal.

Si me permiten compartir la experiencia personal, tengo la gran fortuna de contar entre mis amigos con tipos de todos los pelajes: conservadores, revolucionarios, creyentes, ateos, taurinos, ecologistas, independentistas, españolistas, madridistas, culés, liberales, intervencionistas… Incluso defensores de añadir cebolla a la tortilla de patata. Y eso es un tesoro de valor incalculable, entre otras cosas porque permite desvincular el juicio sobre la opinión del juicio sobre la persona. Compartir una amistad con quien tiene ideas que nos parecen disparatadas probablemente no cambie nuestra opinión sobre ellas, pero descarta la posibilidad de considerar imbécil a quien las defiende.

Por contra, las redes sociales no se caracterizan precisamente por el contacto personal que fomenta la empatía, un punto que puede resultar clave en esta problemática. De hecho, comenzamos a considerar natural la descalificación personal en el mundo virtual, trivializando una forma de actuar que pone de manifiesto el nivel de embrutecimiento al que están llegando nuestros usos sociales. Sólo hace falta navegar unos minutos por las redes para encontrar insultos de grueso calibre contra los votantes del PP, los independentistas, los partidarios de Susana Díaz, los simpatizantes de Podemos… Suele ser primero un internauta influyente quien publica un comentario crítico más o menos elegante, y luego aparece una caterva de seguidores que se adhieren al mensaje con adjetivos bastante menos sutiles: descerebrados, vendidos, piojosos, sinvergüenzas, traidores, fachas… ¿Alguien imagina semejante nivel dialéctico en una conversación real entre personas civilizadas?

Se comienza llamando gilipollas a quien defiende una tesis contraria a la nuestra y se acaba deseando la muerte de un niño con cáncer porque quiere ser torero. Semejante falta de empatía sólo es comprensible cuando no tenemos la suerte de contar con verdaderos amigos con ideas diametralmente opuestas a las nuestras. Las redes sociales son un gran invento, sin duda, pero de vez en cuando conviene apagar el dispositivo, bajar a la calle, sentarse en una terraza y conversar –aunque sea vehementemente– con una caña en la mano y una sonrisa en la boca. Y si tenemos la suerte de hacerlo con quien no coincidimos en nada, mejor. Hablar, escuchar, compartir y disfrutar. No hay mejor antídoto contra la intolerancia.

danelarzamendi@gmail.com

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