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La duda ofende

Los motivos para cuestionar la solidez del 1-O son cada vez más rotundos 

Dánel Arzamendi Balerdi

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La política catalana ha entrado en una fase crítica en la que decir una obviedad puede resultar letal. «El Estado tiene tanta fuerza que probablemente no podremos hacer el referéndum. ¿Se aprobará una norma legal catalana para que se pueda hacer? Sí, pero en el minuto uno vendrá la suspensión». Estas afirmaciones, pronunciadas el pasado fin de semana por el todavía conseller de Empresa, reflejan una realidad incuestionable para cualquier observador medianamente sensato. ¿Quién puede negar el poder de un estado consolidado y reconocido internacionalmente para vetar una iniciativa interna que contraviene frontalmente su marco jurídico e institucional? Sin embargo, parece que el mantenimiento de la postverdad independentista exige negar lo evidente con un entusiasmo e incondicionalidad cada vez más acusados.

Jordi Baiget, como el niño del cuento de Hans Christian Andersen, se atrevió a sugerir en voz alta que el rey paseaba desnudo. Y la osadía de señalar lo que vemos absolutamente todos le ha costado la cabeza. El exconseller no abjuró de su fe independentista ni cuestionó la necesidad de organizar la consulta. Sólo sufrió un repentino ataque de sinceridad, y reconoció que celebrar un referéndum inconstitucional quizás no sea tan fácil como algunos pretenden hacernos creer. Dudó, y la duda en un movimiento crecientemente dogmático resulta imperdonable. En la revolución de las sonrisas, como su propio nombre indica, la boca está para sonreír. Como mucho para repetir discursos escritos por otros, pero jamás para hablar con voz propia. Desde luego, si ésta es la regeneración democrática que traerá la nueva república, algún especialista deberá explicarme sus ventajas. Sin embargo, el fulminante cese de Baiget no parece haber logrado su propósito ejemplarizante. La también convergente Mercè Conesa, presidenta de la Diputació de Barcelona, volvió a saltarse el guión hace sólo un par de días: «No sabemos adónde llegaremos con el proceso, tal vez a un callejón sin salida».

Todos sabemos que el referéndum del 1-O tiene los pies de barro, entre otras cosas porque no soporta el menor análisis comparativo con iniciativas presuntamente similares: no se ha establecido una participación mínima, no hay un censo homologado, no se ha desarrollado un libro blanco sobre el horizonte que nos espera, la norma que lo ampara es un auténtico disparate jurídico, no existe el menor reconocimiento internacional, no se prevé una organización y recuento independientes, el procedimiento previo incurre en flagrantes irregularidades (tal y como denuncia el propio Consell de Garanties Estatutàries)... Al margen de la opinión que cada uno sostenga sobre la independencia, cualquier analista medianamente riguroso percibe que el procés está alcanzando unas cotas de chapucería ciertamente notables. Las dudas son generalizadas (en privado) pero el show debe continuar. En ese sentido, se agradece la involuntaria honestidad que supuso presentar la Ley del Referéndum en un teatro.

El independentismo ha decidido coronar como emperador al ‘qué’, nombrar primer ministro al ‘cuándo’, y despreciar con creciente descaro al ‘cómo’ (olvidando el papel fundamental que juegan los procedimientos en cualquier democracia occidental). Aumenta la sensación de que estamos siendo engullidos por un torbellino en el que todo vale, y tarde o temprano acabaremos pagando las consecuencias. Aun así, tengo la convicción (o quiero tenerla) de que la sangre no llegará al río. Los motivos para cuestionar la solidez del 1-O son cada vez más rotundos y sospecho que en otoño asistiremos, como mucho, a una reedición estéril del 9-N. Sin embargo, el problema fundamental al que nos enfrentamos no es éste, sino la forma en que nuestra sociedad podrá digerir colectivamente el fracaso de la hoja de ruta independentista. Cientos de miles de ciudadanos han creído de buena fe que la mitad de los catalanes podrían reventar el marco constitucional, y han soñado que desde ese momento todo sería maravilloso. El despertar va a ser muy duro. 

La forma de encarar estos próximos meses será complicada, teniendo en cuenta al jugador que se encuentra al otro lado del tablero. Si un buen médico es el que ataca el origen de la enfermedad y no sus síntomas, es difícil encontrar un peor matasanos que el actual gobierno español, pues sigue pensando que lo grave es el referéndum y no el enorme descontento social que lo alimenta. La Moncloa y sus pretorianos mediáticos llevan un lustro instalados en una burbuja acrítica, olvidando la certera predicción de Josep Montilla sobre la desafección catalana. Tampoco puede esperarse otra cosa de un ejecutivo caracterizado por la pasividad, la mediocridad y la indolencia. Efectivamente, Rajoy es un tipo que nunca afronta los problemas: sólo los aplaza. Cuando hay suerte, el mero paso del tiempo resuelve algunos de ellos, un fenómeno pedagógicamente letal porque el pontevedrés termina creyendo que el mérito es suyo. Me temo que llegará octubre, la consulta fracasará, y el Presidente volverá a ser abducido por el Marca. Pero el conflicto catalán no se solucionará dejándolo pudrir. Más bien, todo lo contrario.

danelarzamendi@gmail.com

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