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La educación como siempre

Será interesante saber qué propone Podemos para la universidad en cuyo seno se ha gestado
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El papel clave de la formación suele llenar la boca de todo responsable político que se precie, pero poco más. Junto a la sanidad, ha sido víctima de la muy torpe aplicación de los recortes presupuestarios, pero sus padecimientos vienen de mucho más atrás. En realidad, la búsqueda de un modelo educativo adecuado dura más de un siglo, pero sigue pendiente, entre otras cosas porque ninguno de los intentos ha durado lo suficiente para medir todo su potencial. Los habrá habido mejores o peores, pero la realidad es que sus resultados nunca han dado –tampoco ahora– motivos para presumir.

Desde los lejanos tiempos de la Ilustración hasta hoy, todos los gobiernos, e incluso cada equipo encargado de las cuestiones educativas, han alumbrado su particular reforma, con más ingrediente ideologizado que fruto de una reflexión serena y la conveniente visión de largo plazo. A menudo, se han conducido con una inclinación obsesiva a desandar el camino trazado por sus predecesores, casi siempre sin el concurso y mucho menos la complicidad de la comunidad educativa.

Históricamente, cada nuevo modelo ha surgido condicionado por la colusión o concurrencia –desiguales, según la época– de dos fuerzas dominantes: la Iglesia Católica y dosis de corporativismo más o menos asumidas por los sindicatos del sector. Ha pesado menos, a veces nada, una consideración estrictamente técnico-profesional, con la prioridad fijada en una mejora apreciable de la calidad. La descentralización de competencias ha propiciado, además, que en lugar de un sistema deficiente haya diecisiete, sin que ninguno destaque por sus resultados frente a los demás. Repasar los textos que se emplean en los ciclos de educación obligatoria induce a conclusiones poco o nada estimulantes.

El debate, en realidad controversia, se ha revitalizado estos días por la terminal ocurrencia del peculiar ministro Wert sobre los ciclos universitarios. Como es habitual, más que analizar la bondad o inconveniencia del cambio planteado, la discusión se enreda en aspectos procedimentales, rangos de competencia, costes y disquisiciones bastante huecas sobre una pésimamente explicada derivación del modelo Bolonia, discutiendo si 4+1 es mejor o peor que 3+2. Amenaza ser un nuevo desperdicio de esfuerzos, similar a otros que, años atrás, se han enlodado en manejos torticeros de cuestiones como Educación para la Ciudadanía, la dogmática contraposición entre escuela pública y privada y algunos más que conviene no recordar.

Si algo no es lo que era en España es la universidad. Durante las tres últimas décadas se han multiplicado campus y titulaciones de modo exponencial. Se habla de más de 2.000 especialidades distintas, la mitad de las cuales no llega a reunir 75 alumnos cursando el primer año. Todo un reto de crecimiento que no es seguro que la comunidad universitaria haya sido capaz de superar con nota. Ahí están las clasificaciones internacionales y la respuesta del mercado de trabajo como pruebas palmarias que urge una reforma profunda, pendiente de diseñar.

Se vuelve a hablar estos días de la conveniencia de articular un pacto de estado sobre la educación. Tampoco es nuevo, pero conviene mirarlo con escepticismo, teniendo en cuenta la experiencia de las tres últimas décadas. Más de una vez, los partidos hasta ahora mayoritarios han proclamado voluntad de alcanzarlo, pero los unos y los otros han acabado optando por el tactismo de echarse atrás. La pasada legislatura, sin ir más lejos, estuvo cerca de consumarse un acuerdo sobre la reforma del modelo universitario, entre otras cosas despojándolo de la endogamia y la cerrazón que se le atribuyen con cierta unanimidad. Un grupo de expertos, impulsado por el ministro Gabilondo, emitió un informe con propuestas interesantes, pero acabaron en un cajón perdido, entre otras razones porque el Partido Popular priorizó erosionar el gobierno de Rodríguez Zapatero por encima de cualquier otra cosa. Los próximos comicios, a celebrar este año, abren la posibilidad de que los programas ofrezcan nuevas alternativas de reforma efectiva de la educación; más allá de la apelación genérica a su papel decisivo para configurar el porvenir socioeconómico del país. Algo que, precisamente por ser cierto, exige mucha más concreción que el simple enunciado o la retórica proclamación de voluntad.

Particularmente interesantes serán las propuestas que plantee el emergente Podemos, extendiendo o no el sesgo rupturista al mundo universitario, en cuyo seno se ha gestado de forma sustancial.

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