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La fatiga griega amenaza Europa

Resolver el embrollo de Grecia quizás necesite demostrar liderazgo? aquí y allá
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Supeditar los problemas a una dinámica de buenos y malos suele ser la mejor forma de conducirlos a un callejón sin salida que, en muchos casos, resulta peor de lo imaginado. Tampoco acostumbra ser lo más idóneo sustituir el análisis ponderado y sereno por formas de postureo que anteponen lo emocional a la búsqueda rigurosa de soluciones viables que compartir. Sobran experiencias de adónde conducen esos caminos, pero inquieta que pueda ser el elegido por Grecia y los socios del Eurogrupo, al punto de empezar a considerar seriamente la ruptura del euro como desenlace inevitable de la actual situación.

De momento, sin embargo, sigue la relativa escenificación. La noche del pasado jueves, el primer ministro Alexis Tsipras volvió a comprometerse a entregar una lista de reformas en próximos días y sus interlocutores simularon creerle, pese a que eso mismo comprometió su peculiar ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, el pasado 20 de febrero, y sólo remitió a Bruselas un listado de propósitos para salir del paso. Al tiempo, desde Atenas se van multiplicando amenazas y desde otras capitales europeas, con Berlín en primer plano, se empieza a sugerir que la salida de Grecia del euro –el llamado Grexit- se podría asumir. Ahí están, por ejemplo, el anuncio de un eventual referéndum para que los griegos decidan si seguir o abandonar la moneda única e incluso la propia Unión, la puesta en marcha de una auditoría sobre la deuda o la exigencia a Alemania de indemnizaciones por la ocupación nazi de hace tres cuartos de siglo. Y, de la otra parte, la filtración de que existen planes de contingencia para digerir una vuelta griega al dracma, junto a la sugerencia de que quizás conviniera una especie de exclusión terapéutica para librar al euro de las cargas que la economía helena está comportando desde 2010.

En verdad, no es seguro que nadie acierte a calcular las repercusiones de cada escenario. La ausencia de precedentes equiparables a la eventual salida de Grecia no ayuda, pero aún lo hace menos la siempre impredecible reacción de los mercados. No cabe olvidar que el euro es ante todo un proyecto político y que una exclusión, voluntaria o forzada, de uno de sus integrantes podría inducir movimientos encaminados a prever, o provocar, la defección añadida de uno o varios de los países tenidos por más vulnerables, sin que sea fácil predecir en cuál de ellos se detendrían. Pero tampoco es irreal considerar que existen intereses de esos mismos mercados –léase acreedores- para acotar la sangría al caso griego, sin más.

De parte de las autoridades de Atenas, la disyuntiva no es mejor. Tampoco los cálculos sobre los costes y consecuencias del abandono para su economía son claros, aunque existe una aproximación bastante atinada, no referida al caso de Grecia, sino a Irlanda, otro de los países objeto de rescate, en un texto que, bajo el título “Plan B”, publicó a finales del pasado año el irlandés Cormac Lucey. Hay quien atribuye a ello los cambios de posición de Tsipras, que podría haber llegado a la conclusión de que abandonar el euro resultaría poco menos que inmanejable. La conclusión del referido análisis de Lucey es que salir del euro es viable y toca contraponer los elevados costes de hacerlo con los que acarree la permanencia, también dignos de consideración. Con el añadido de que los eventuales beneficios sólo se pueden calcular a muy largo plazo y, como sostenía Keynes, en tal horizonte la única certeza es que los protagonistas habrán muerto, política o biológicamente, antes o después.

La aspiración expresada por el gobierno Tsipras es, de momento, amortiguar los efectos de la permanencia. Persigue que el Eurogrupo acepte una agenda de reformas que se pueda presentar elaborada desde Atenas, sustituyendo a la impuesta por la denostada “troika”, independientemente del truco semántico de eludir su denominación. Quiere diferenciarse, sobre todo, del recorrido seguido por sus predecesores, dispuestos a aceptar cualquier medida exigida por quienes acudían a sus llamadas de socorro, aunque lo cierto es que jamás llegaron a convertirlas en política real.

Encontrar una salida no va a ser fácil… supuesto que haya alguna aceptable, tanto para la supervivencia política de Syriza, como para los gobiernos que prestan los fondos y, entre otras cosas, acumulan desconfianza y eso que ha venido en llamarse “fatiga griega”, con escasa propensión a asumir los errores propios ya incurridos y superar los engaños e incumplimientos acumulados de parte griega.

Tsipras y sus ministros tienen ante sí el complicado desafío de diseñar un conjunto de reformas efectivas, realizables y sobre todo creíbles, sin pretender pasar por alto los largos años de incumplimiento previo. Pero sus todavía socios no deberían obviar que hasta ahora han gastado ingentes sumas, a cambio de imponer planes y ritmos de aplicación del todo irreales, para que en Grecia todo siga igual, si no peor.

Seguir reduciendo todo a una especie de pugna entre buenos y malos, vertiendo tiempo y esfuerzos en dilucidar quién lo ha hecho peor o saldrá peor parado, puede acabar desembocando en un escenario de ruptura que nadie dice desear y todos temer, pero sin que se perciba la exigible voluntad compartida de hacer cuanto sea preciso para evitarlo.

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