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La felicidad a través del fútbol

Sergi Roberto, con su gol para la historia, hizo que ayer muchas personas se sintieran orgullosas del sencillo jugador de Reus.

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Ayer fue un día de emociones y orgullos de la mano (o mejor dicho del pie) de Sergi Roberto, el joven futbolista que con su gol en el último suspiro entrará en la leyenda del fútbol como el rematador de una nueva gesta deportiva del Barça, un logro que, hasta ahora, no había conseguido ningún otro club. Ayer, decimos, fue un día de orgullo para Reus, ciudad natal de Sergi Roberto. De orgullo para el Santes Creus, el primer club en el que jugó siendo un niño. De orgullo para el Nàstic, donde compitió en su etapa de infantil y donde llegó por la intuición de Jordi Abella, actual preparador físico del primer equipo, que enseguida intuyó las cualidades futbolísicas del héroe de la noche mágica. Al margen de sus indudables cualidades deportivas, Sergi Roberto congrega las simpatías de la afición por su carácter humilde, su disciplina espartana, que le hace sacrificarse en todas las posiciones en las que el entrenador decide colocarle. Y también porque el éxito no se le ha subido a la cabeza. Sergi conserva sus amigos de Reus y comparte con ellos los momentos de celebraciones y diversión. Lograr el sexto gol de la noche, el tanto milagroso que coloca al Barça en cuartos de final de la Champions, es un premio muy merecido para Sergi Roberto, un jugador que no se caracteriza precisamente por sus virtudes goleadoras («no le marcas ni al  Arco Iris», bromea Luis Enrique con él). Un premio muy merecido del que ayer disfrutamos todos los aficionados. Gracias Sergi.

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