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La filosofía del avestruz

Uno de los éxitos de Trump ha sido prometer acciones, aberrantes, pero al menos acciones

Josep Moya-Angeler

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El avestruz, con su gran tamaño, se siente fuerte y dominador sobre el resto de aves. Esta convicción le hace creer, en su ignorancia, que cuando piensa también lo hace con ideas que arrasan y dominan. Por eso, en momentos de peligro cree neciamente que ocultar su cabeza le salva de ciertos peligros, simplemente porque él no ve ninguno de ellos. Nunca se ha dilucidado si es peor creerse superior por tener un cuerpo voluminoso, o por pensar que no ver equivale a no ser visto.

Quizás el avestruz tiene alguna razón. Una razón basada en experiencias similares que le han funcionado. No sabemos si ciertos depredadores piensan que el avestruz es tan astuto que esconder la cabeza es una peligrosísima artimaña. En el mundo de los necios caben muchos más animales que el avestruz.

He oído decir categóricamente a un político español de primera línea que “en ocasiones, no hacer nada es estar haciendo cosas” y “a veces, lo más urgente es no hacer nada”. Puede sonar a originalidad, pero en realidad es una mísera visión de la vida. Podría respondérsele que “la vida es como ir en bicicleta: si no pedaleas, te caes”, un axioma que no tiene vuelta de hoja. Con esta mentalidad de no hacer nada, por no tomar –por ejemplo- medicamentos cuando estamos enfermos, ahora estaríamos todos enterrados.

La vida es, por definición, un acontecer constante. Si no actuamos nosotros, otros nos atropellarán. Franco pretendió que España se espabilara por sí sola. Esa vieja teoría de dejar los problemas sobre la mesa porque el tiempo se encarga, él solito, de arreglarlos. El aislacionismo español, la tozudez del dictador y otros elementos, hundieron España mientras al mismo tiempo los alemanes aceptaron trabajar para el Estado, con múltiples ayudas, para lograr el llamado “milagro alemán”.

Uno de los éxitos de Donald Trump para convencer a un electorado dudoso ha sido prometer una serie interminable de acciones, muchas de las cuales eran aberrantes, pero al menos eran acciones. A unos les convencía una promesa; a otros otras, y muchos entendieron que Trump estaba dispuesto a moverse para cambiar una situación que no satisfacía a millones de norteamericanos, paralizado como había estado el hombre que después de decir “yes, we can” se pasó al “now, I can’t”.

La vida política española, después de una parálisis falsa (llena de luchas partidistas que han creado más tensión que un período de gestión gubernamental) ha entrado en una fase dominada todavía por la doctrina del inmovilismo.

Pero este inmovilismo no hace más que larvar una gran tempestad. Recuerda aquellas escenas de los desiertos (Arizona, Texas y hasta los mismísimos Monegros) en que todo aparenta quietud, pero los conejos corren a almacenar alimentos en sus madrigueras y las aves vuelan inquietas sin saber dónde guarecerse, porque el cielo se va cargando y cargando, hasta estallar en una tempestad de tintes apocalípticos. En los desiertos, las tempestades aparecen siempre con una furia brutal. Lo mismo que podría ocurrir si al mismo tiempo no se garantizan las pensiones, la deuda española sigue creciendo, la Ley Mordaza no es enterrada, el diálogo con Catalunya es un espejismo, los socialistas hacen estallar el partido, caen docenas de sentencias contra la corrupción del PP y el Brexit, Trump y Le Pen comienzan a dar vueltas como una centrifugadora.

¿Servirá, en estas circunstancias, seguir pensando que el avestruz filosofa correctamente? La tozudez de un político que tiene vocación de avestruz puede complicar la situación. La pregunta es si el Parlamento, y especialmente sus socios bajo el epígrafe de Ciudadanos, le darán soporte en el empecinamiento. La respuesta la tiene más el PSOE que la gente de Ciudadanos. Pero como quiera que el PSOE desee que pase el tiempo para cerrar sus autolesiones, esta respuesta puede tardar en llegar. Pensar desde el Gobierno que eso es el triunfo de la filosofía del avestruz, es otro engaño que, muy probablemente, pagaremos entre todos. Y a muy alto precio.

Nos queda, es cierto, el pedalear en solitario, uno a uno. Quizás salve a algunos, pero es poco probable…

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