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La fractura social perdura generaciones

La fractura social no es algo espontáneo sino que se va fraguando sobre la desconfianza y la negación del ‘alter ego’

Ángel Belzunegui Eraso

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20171011_Fractura

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Últimamente todo el mundo habla de fractura social para designar la realidad que se vive en Catalunya. Está en boca de las conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación, en las tertulias… Este término ha sido transferido ya que se venía utilizando casi exclusivamente para denotar las situaciones de vulnerabilidad derivadas de la acumulación de desventajas sociales. Ahora se traslada al ámbito de lo político para significar la existencia de dos o más grupos que confrontan sus intereses no en el terreno de juego de las instituciones que encauzan los conflictos, sino de forma expandida en todos los ámbitos de lo social. En el contexto en que vive el país, cuando hablamos de fractura social nos referimos no exclusivamente a la existencia de un conflicto social, sino a que este conflicto se ha instalado ya en el terreno de las interacciones personales en distintos ámbitos. No hay nadie que oficialice dicha fractura, sino que forma parte de un sentimiento colectivo, esto es de la vivencia cotidiana de los actores que actúan en el conflicto. La fractura social no es algo espontáneo, ni una manifestación del azar sino que se va fraguando sobre la desconfianza y la negación del alter ego. Además el proceso que la va generando es un proceso que va acumulando desaires, humillaciones y frustraciones, tengan o no una razonabilidad. En este sentido, la fractura social es una manifestación cualitativa del conflicto que tiene consecuencias también de orden cuantitativo. Si pudiéramos graduar el desarrollo de un conflicto, pongamos por caso de menor a mayor, diríamos que la fractura social supone una escalada del mismo, es un estado social en el que las partes empiezan a manifestar abiertamente el rechazo del otro. Por tanto, es el primer paso evidente de la pérdida del contrato como agencia de mediación. El sociólogo germano-británico Ralf Dahrendorf (1929-2009) escribió en 1958 su ya clásica obra Toward a theory of social conflict en la que, entre otras ideas, exponía la de que los conflictos sociales en la medida en que ganan masa crítica, ultrapasan los cauces previstos para su resolución implicando a cada vez más actores sociales. Justamente esto es lo que ha pasado en Catalunya. Los actores del conflicto han ido acumulando fuerzas, han ganado en musculatura, hasta sobrepasar lo institucional con creces. 

El conflicto que se vive en Catalunya ya no es solo un conflicto entre dos legitimidades percibidas (la del Estado español por un lado y la de la Generalitat por otro). Ahora tiene ya muchas aristas, entre las cuales, desde mi punto de vista sociológico, hay una de gran importancia, a saber cómo se ejerce la democracia en nuestro incipiente siglo XXI, cómo se ejerce la gobernabilidad, cómo nos gobernamos. Por tanto, soy de los que pienso que el conflicto catalán no es tanto (o no exclusivamente) un conflicto territorial como de gobernabilidad, de cuestionamiento de la calidad democrática. Enfrontarlo exclusivamente con instrumentos jurídicos es un error político.  

Este gran tema se ha instalado en el cuerpo social, en otras palabras diríamos que se ha socializado el conflicto. Y es en el ámbito de las interacciones de la vida cotidiana donde alcanza una expresividad mayor (por ejemplo, de tipo simbólico con banderas, lemas…) y donde provoca mayores desasosiegos. Una clara muestra de dicha socialización es la toma de la calle por las partes en conflicto, por ahora sin problemas de orden público ya que no ha habido afortunadamente contraprogramación de manifestaciones. Por tanto, la fractura social todavía está en el terreno de las relaciones cara a cara, en el ámbito familiar, en las amistades, en los lugares comunes como los espacios educativos, el trabajo o las manifestaciones festivas. Pero si no hay más movimientos tendentes a rebajar la tensión, como el paso dado ayer por Puigdemont, lo más probable es que en cualquier momento invada todo lo público. Tal como vamos en este momento, las condiciones para que esto pase están dadas

El conflicto que se vive en Catalunya no es tanto un conflicto territorial
como de gobernabilidad

La fractura social es muy notoria en las redes sociales. El intercambio de mensajes vejatorios, los insultos y las ofensas están al orden del día en el cruce de opiniones en determinados foros. Las redes sociales juegan un papel fundamental en el denominado fast thinking, en la creación de opinión a partir de en muchos casos falsedades manifiestas e información manipulada. Es la primera ventana que nos muestra el crecimiento de la tensión. Un buen termómetro que nos muestra cómo está subiendo la temperatura. El siguiente paso, a falta de mediación y de diálogo, podría ser el traslado de la batalla por las imágenes y los símbolos al conflicto físico en el espacio público. Puede que esto no ocurra si se desactiva la tensión, cosa que en estos momentos parece ya difícil. De todas formas, la fractura social no es un estado inmediatamente pasajero. Esto lo sabemos ya por los innumerables conflictos que hemos analizado: la fractura perdura por generaciones, tal como magistralmente recoge el premio Nobel de literatura (1961) Ivo Andrić (1892-1975) en su obra más conocida Un puente sobre el Drina.

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