La generación maldita

El confort no radica en la facilidad de tener bienes sino en la serenidad del espíritu, y muchos han de descubrir que es eso del espíritu, huyendo como huyen de sí mismos, hasta proclamar que «tienen derecho a la diversión» 

JOSEP MOYA-ANGELER

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JOSEP MOYA-ANGELER

JOSEP MOYA-ANGELER

Joan Baez proclamaba en los 60, desde el lujoso hotel Raphaël de París, que había que hacer la revolución «persona a persona, corazón a corazón».  Bullía en aquellos tiempos del Mayo del 68 la decisión juvenil de que no podía aceptarse aquel mundo gris de la posguerra, cargado de mentiras (millares de nazis fueron bien acogidos en muchos países, incluida España y los Estados Unidos), de conveniencias y de demasiadas dictaduras. 

Aquellas proclamas derivaron en pocos años en impotencia («Ya que no podemos cambiar el mundo, al menos que el mundo no nos cambie a nosotros»), oportunismo (Bob Dylan fue el modelo de traición a todos los principios) y mala conciencia, aparte de una operación de la CIA consistente en inundar a la generación joven con toneladas de drogas, de lo que hay documentos desclasificados que lo corroboran.

Hijos de aquellos hijos aprendieron pronto que existía una cosa llamada confort y que no había penurias domésticas porque el dinero y la subsistencia no eran el problema que acuciaba a una nueva generación que no se identificó con sus padres. Hoy, vivimos con el florecimiento de los nuevos jóvenes cuyo valor principal es que no hay valores. Este es el retrato de una parte, pequeña, repito: pequeña, pero decisiva de nuestra sociedad. La culpa de cuanto sucede es de los que vivimos aquellos gloriosos años en que creíamos que la bandera de la libertad nos regalaría una vida fabulosa. No ha sido así. Aquella generación no supo aportar socialmente un equilibrio y sólo consiguió un éxito parcial: convertir el concepto de guerra en el símbolo las políticas miserables.
Ya sé que paralelamente la tecnología ha avanzado prodigiosamente, ofreciéndonos más falso confort. Pero no es menos cierto que es usada muchas veces para llenarla de contenidos absurdos. Sus mayores logros no están en la telefonía, sino en la Medicina. El confort no radica en la facilidad de tener bienes, sino en la serenidad del espíritu, y muchos han de descubrir que es eso del espíritu, huyendo como huyen de sí mismos, hasta proclamar como hemos escuchado últimamente que «tienen derecho a la diversión» como excusa para pisotear el derecho a la vida del resto de los humanos y a no ser contagiados mortalmente. Esa diversión convertida en derecho, exigida con violencia estos días, es la nueva bandera de una minoría, sí, pero que es claramente sintomática de una generación que sus progenitores no entienden como fruto propio. 

Esa diversión exigida con violencia estos días, es la nueva bandera de una mino-ría, sí, pero que es sintomática de una generación que sus progenitores no entienden como fruto propio

Es en ese momento de no reconocer el fruto de aquellos sueños mal interpretados, cuando la conciencia de muchos setentones les plantea la pregunta del «¿qué hicimos mal?»,  como una clara expresión de la mentalidad judeo-cristiana consistente en el sentimiento perpetuo de culpabilidad. Sería muy pobre responder «hicimos lo que pudimos». La respuesta es que todo fue un error, pero eso es muy fácil decirlo a toro pasado. La respuesta es que no se supo trasladar, o no dejaron trasladar, la experiencia vivida con sus errores para no repetirlos.

Sin embargo hay un hecho irrefutable en todo lo acontecido en este medio siglo largo de vida: que se entendió que la cultura del esfuerzo era la única que permitiría avanzar en la vida, junto a los valores máximos del ser humano. Esa generación equivocada, maldita tal vez, se esforzó, trabajó a fondo y generó ese bienestar de que gozamos actualmente. También, en nuestro país, sostuvo la Seguridad Social. 

Con muchos años a cuestas, esa generación no pide ser reconocida en casi nada, pero suelta una lágrima cuando los de su edad caen enfermos y en los hospitales y residencias se les ha dejado morir por desatención como si no tuvieran derecho a nada por el simple pecado de ser mayores, después de haber cotizado durante cuarenta años en los que oyó decir que eso de Seguridad Social era un seguro y que no fallaría. 

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