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La habitación del amor

"La habitación del amor debería formar parte casi de norma de obligado cumplimiento. Igual que lo es tener ducha y lavabo o salida de humos en la cocina"

Enric Casanovas

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El sofá del amor tal vez sea la pieza esencial, la metáfora de nuestra sociedad para solucionar problemas del presente a escala doméstica. Foto: cedida

El sofá del amor tal vez sea la pieza esencial, la metáfora de nuestra sociedad para solucionar problemas del presente a escala doméstica. Foto: cedida

¿Qué tendrá que ver la habitación del amor con lo radical? No se lo descubriré todavía. Saquen sus conclusiones al final; pero sepan que la vivienda tiene que ver con la calidad de vida, y la calidad de vida con los actos humanos, y también quizás es parte influyente de los inhumanos. Supónganse viviendo en un polígono de viviendas post-barraquismo sin infraestructuras y con precariedad. ¿Qué afecta a la condición humana?

Recuerden un artículo de la calidad hospitalaria y la influencia en la salud. El psicólogo ambiental Roger S. Ulrich afirmaba en su artículo Effects of Healthcare Environmental Design on Medical Outcomes que aquellos pacientes que tenían vistas a un paisaje necesitaron menos analgésicos y se recuperaban antes. O otros estudios sobre cromoterapia y otros tantos parámetros que debe cuidar la arquitectura actual. Por no hablar de acústica arquitectónica o confort térmico.

Todos se acordarán de la casa de la yaya. Cocina y comedor y foc a terra. La sala de estar era la saleta. Pequeña y de poca luz. ¿Para qué si no había televisión?. Se hablaba cerca. No era necesario tanto espacio. En los 60 la tele cambia a una generación de arquitectos y irrumpe en la sociedad para mutarla. Y las salas ya no fueron salita y se proyectaron como espacios emblemáticos para exponer la tele. La sala se convertía en el museo del Telefunken, o el Emerson de blanco y negro. Un emblema de poder, de clase social. Luego vino el color y ya fue el cáguense.

Años 70: wc, lavabo y ducha

Por entonces casi todo el mundo habitaba casas donde más o menos la cocina dejó de ser el lugar de vida para ser un lugar de trabajo, casi sexista. No había anuncio de lavadoras sin señoras estupendas, y detergentes que auspiciaban la desigualdad de sexos y la distribución de espacios en la vivienda. Corrían los 70. Los baños empezaban a tener wc, lavabo y ducha. Tener bañera y bidé era un lujo de unos pocos y se lucían como correspondía para el estatus social. Algunos baños eran mayores que la cocina y pronto llegaron los horteras azulejos rosas y azul cielo. El resto ya lo van sabiendo.

Internet es una antena tan potente que nos hemos olvidado quizás hasta de amar y practicarlo

Fue así como la cocina acabó siendo un espacio pequeño en los 90. Y las salas de estar fueron el espacio emblemático a presentar socialmente. ¿Quien la tiene más grande?¿La tuya es tecnicolor? Era, por supuesto, la tele. Estanterías y enciclopedias al canto colgadas en la pared, y colecciones de discografías o de coleccionables de quiosco llenaban las paredes. Había que llenar paredes de cultura ficticia como contrapunto, pero ya empezaba a ser tarde.

Tardó un poco más en llegar la alta fidelidad cuando en España empezaron las separaciones y divorcios. Paradojas de la vida. La alta fidelidad acústica se llamaba Marantz, Faro, Sony y tecnificó más los espacios rebeldes de los hijos. Y las habitaciones empezaron a ser magnificas mini discotecas. Viva la propiedad horizontal y el ruido.

Corrían los 90 cuando ya habían aparecido los Amstrad y los Spectrum; llegaban los ordenadores. Quién no tenía uno era un matado social. Y apareció de pronto la habitación del ordenador. Aquella inútil habitación donde meter la high technology familiar y la modernidad. Ya no era la sala ni la tele lo más importante. Fue el ordenador el motor de esa nueva era tecnológica que arrebató lo poco que le quedaba a la casa, de casa, para acabar siendo un reducto para conectarse al escaparate universal de internet. Desde dentro, para fuera. Y así andamos.

Los programas de cocina han revolucionado la idea de ser todos artistas de la facilidad. Ser cocinero se aprende en un programa de tele. Y la cocina se presta hoy a ser un escaparate exterior impresionante para explicar a los amigos lo que se sabe hacer. Ahora, la cocina es el escaparate social del metrosexual ante la sociedad. Y a veces llega a ser tan grande como inservible y volátil. 

El sofá del amor

Pero las modas son las modas y los arquitectos andamos sobre ellas aceptándolas, pocas veces proponiéndolas o auspiciándolas. La sociedad ha pasado por las modas de los refugios nucleares, la moda de las grandes bañeras que gastaban un huevo en agua (ahora todos queremos ducha), o bien los más esnob querían una habitación del pánico. Por si acaso los cacos entraban. Hoy supongo que preocupa el terror y nos blindaremos cada vez más. Incluso el urbanismo de hoy ya se ve afectado por las barreras New Jersey. Solucionamos, pero no prevenimos.

Todo este relato mitad verdad, mitad cierto, ha ido a la par de una verdadera revolución social en la vida de las personas. Las viviendas ya no son unifamiliares. Hoy ya llegan a ser semi familiares, monoparentales y hasta intermitentes refugios hoteleros a compartir con el resto del mundo. ¿Ha llegado el ocaso de la casa? El que ahora no tenga un espacio para alquilar a un turista es que no se ha dado cuenta que es otra moda que va a implicar revolucionarios cambios sociales en la forma de pensar las futuras viviendas. Y solo es algo parecido a los paladares cubanos, que nacieron del período especial de los 90. Casi todo está inventado, y va y vuelve de forma vintage.

La habitación del amor debería formar parte casi de norma de obligado cumplimiento

Pero hay en todo ello un aspecto común que deja al ser humano aparte. Es la tecnología que deshumaniza el comportamiento humano y se interpone entre las charlas de padres e hijos, tíos, abuelos, sobrinos o amigos. Internet y la wifi son una antena tan potente a la modernidad que nos hemos olvidado quizás hasta de amar, y hasta de practicarlo. Parece ser que los españoles son los que menos horas le dedican de media. Y así nos va demográficamente. Hagan la lectura que crean conveniente, pero el problema lo tenemos nosotros y se llama demografía.

Quien no ha oído aquella frase de «como no tienen tele mira cuantos niños…». Quien diga no seguro mentiría. Es una frase estúpida si cabe. Pero no es menos cierta de lo que es la vida occidental, quizás excesivamente idiotizada por mirar hacia afuera al mundo, y que se ha olvidado de planificar la habitación del amor.
La habitación del amor debería formar parte casi de norma de obligado cumplimiento. Igual que lo es tener ducha y lavabo o salida de humos en la cocina.

Deberían proponerla para un nuevo Decret d’Habitabilitat. La habitación del amor es para el sofá del amor. Quien no sepa lo que es y tenga curiosidad ya sabe que acudiendo a don internet lo sabrá. Quizás les pique el gusanillo de mirar, o tal vez de comprar. Esto forma parte de su vida personal. Quizás convengan que es más importante el tantra que la wifi en esta estúpida sociedad esterilizada que todo lo tolera todo y no lucha por nada.

El sofá del amor tal vez sea la pieza esencial, la metáfora de nuestra sociedad para solucionar problemas del presente a escala doméstica, y quizás a escala estatal. Con cariño, con humor, con sátira o con lo que ustedes quieran, piensen que su casa es su mundo, y para tener un mundo mejor debemos ser suficientes para proponerlo y para provocarlo. La gran debacle social en occidente se llama demografía. Es la palabra tabú, la menos pronunciada por los políticos y los sociólogos que hoy salen en los medios de comunicación.

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