La herencia de Federika

Había mucha gente que tenía a la reina Sofía en un pedestal y no acaba de creer lo que se ha descubierto
 

JOSEP MOYA-ANGELER

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La herencia de Federika

La herencia de Federika

Esta semana un buen puñado de españoles se ha escandalizado porque también la reina Sofía entraba en los trapicheos millonarios de Juan Carlos I, recibiendo dinero en una cuenta oculta. Había mucha gente que tenía a la reina en un pedestal y no acaba de creer lo que se ha descubierto. Los que conocen a la reina (que muchos llaman monarca, cosa que nunca ha sido; el monarca, como su nombre indica, sólo puede ser uno, en este caso el rey) saben de su lado oscuro, y no me refiero a su afán de fumadora empedernida, jamás exhibido en público.

Sofía es hija de Federika de Hannover, una alemana dura, amante del lujo, que dio a la monarquía griega una pompa y boato que creía que merecía y que muchos opinan que fue la causa del derrocamiento de su hijo, el rey Constantino, hermano de Sofía. Federika fue quien alquiló para un crucero de fiesta continua, a finales de los años 50, un yate en el que reunió a princesas casaderas de Europa –entre ellas, sus hijas- con príncipes de distinto color. Cuando el barco llegó a puerto, Sofía y Juan Carlos estaban prometidos. Ian Gibson relata muy bien ese trabajo de Celestina en su biografía de Juan Carlos.

Desterrada, Federika se apoyó en su hija Sofía, se vino a España, en donde murió tras una sencilla operación de estética. Fueron tiempos duros porque Franco, que odiaba a Federika y no la quería ver, racionaba los gastos de Juan Carlos. Sofía llegó a confesar a su círculo de amigas que el dictador hasta les racionaba el consumo de coca-colas, bebida que Sofía tomaba en grandes cantidades, y que apenas llegaban a fin de mes.

Cuando en los primeros tiempos de la Transición se le se le preguntó a Juan Carlos cómo definiría a la reina Sofía, este respondió con la escueta frase que dio la vuelta a España: «Es una gran profesional». Sofía había heredado el carácter firme y resolutivo de su madre, la persona de la que Franco temía que torciera el futuro de la monarquía española.

Estando de visita en la antigua URSS, mediados los años 80, Juan Carlos y Sofía visitaron el palacio de Pavlov, una sencilla residencia de los zares, comparada con el Hermitage y el Zarskoye Seló. Según me contó la intérprete que les acompañó, Olga, a quien conocí en San Petersburgo, al visitar Pavlov, Sofía le comentó a Juan Carlos: «Lo ves, esto sí que es un palacio y no La Zarzuela. Aquí sabían vivir bien». La idea de Federika de que los reyes han de vivir con el máximo boato había calado en su hija. Lo peor es que Juan Carlos pensaba de manera similar, porque la familia real española había agotado sus recursos económicos, que habían sido importantes, e incluso buena parte de las joyas, incluida la famosa perla Pelegrina, que pasó a manos de Elisabeth Taylor.

En más de una ocasión, en su primera década de reinado, Juan Carlos había manifestado la necesidad de disponer de dinero por si un día tenía que hacer como sus antecesores, el abuelo Alfonso XIII y anteriormente la reina Isabel II, huyendo del país a causa de los cambios políticos. Juan Carlos tenía claro que había que hacer un colchón para aguantar cualquier final amargo. En ese sentido, había coincidido su visión de futuro con la de Sofía y la de Federika. El resto de la historia es conocido: Juan Carlos acumuló una fortuna y Sofía no le hizo ascos al dinero por si un día tenía que vivir sola y lejos de España. La herencia de Federika no fue en una cuenta corriente de un banco, sino que anidó en las mentes de su hija y su yerno, como se comprueba estos días.

A los que conocían estas historias, los hechos actuales no les extrañan nada.

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