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La hora de marcharse, en política

Dimitir no es hacer una pirueta política para aparecer en otro puesto, sino irse a desarrollar la profesión o quedarse en casa

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La dimisión, en política democrática, es un acto generalmente de gallardía que se produce cuando el político en activo reconoce que su acción, sin ser delictiva ni reprobable, ha tenido efectos negativos sobre la colectividad, por lo que lo sensato es ceder a otro la oportunidad de acertar. De hecho, algún político, muy pocos ciertamente, ha dimitido para poner de manifiesto en teoría su pesar ético y político por el hecho de que personas designadas por él y a su cargo se hayan corrompido. Es el caso de Esperanza Aguirre, que se rodeó de malhechores y de presuntos malhechores si hay que juzgar por la nómina de sujetos hoy imputados que la acompañaron en su viaje autonómico, o incluso encarcelados. Con todo, conviene aclarar que dimitir no es hacer una pirueta política para aparecer en otro puesto poco después, sino marcharse dignamente a casa, a desarrollar la profesión que se ejerció antes de la política o a vivir de renta o a hacer lo que a uno le plazca. De forma que dimitir del cargo en el partido y no hacerlo en la institución, que es donde los errores pueden tener una mayor trascendencia pública, es una broma de mal gusto, una maniobra circense de cara a la galería que contribuye a irritar a la ciudadanía y no a aplacarla precisamente. Finalmente, quien así actúe, deberá pasar tarde o temprano por el dictamen inexorable de las urnas y, a buen seguro, el ciudadano sabrá dar a cada cual lo que se tiene merecido.

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