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La ilusión que no muere

Roberto se ganó el apodo de ´El Profeta´. Pronosticó que Indurain nunca ganaría un Tour
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Roberto Pardos, nacido en Zaragoza en 1942, es un superviviente. Lo normal es que hubiera muerto a los seis años, cuando jugando se cayó desde un cuarto piso por el hueco de la escalera. También escapó de la muerte, años después, cuando una madrugada salía de cenar con un compañero de oficio y un coche que iba a gran velocidad arrolló a éste y no le alcanzó a él porque en fracción de segundos saltó a un lado.

No han sobrevivido, en cambio, la mayoría de periódicos en los que trabajó como director técnico, regente de talleres, como se llamaba su cargo. Algunos se han desplomado por el hueco de la escalera financiera; otros han sido atropellados por la veloz irrupción de las nuevas tecnologías.

Lo que ha sobrevivido, en el autor de Así nacen y mueren los periódicos en España (Ed. Doce Robles), es la ilusión por un oficio en el que llegó a ser un maestro con tal prestigio que se lo disputaban cabeceras de todo el país.

Roberto Pardos trabajó en cabeceras como El Noticiero de Zaragoza, el Egin de San Sebastián, El Adelanto de Salamanca, El Día de Aragón, Diario de Valencia y El Periódico de Aragón. También fue reclamado por Sebastián Auger, Antonio Asensio y otros editores para que participara en sus proyectos.

Ha trabajado con gente tan diversa como empresarios que reivindicaban su protagonismo en apariciones celestiales de la Virgen en Garabandal, y con otros familiarizados con ETA que resultarían asesinados por el GAL. Y aún por unos terceros que pagaban tan mal que el día de cobro había carreras de los empleados hacia la entidad bancaria para recibir el sueldo antes de que se acabara el dinero, porque los que tardaban en llegar se quedaban sin cobrar. Algo parecido a lo que le sucedía al paralítico de la piscina de Betsaida, con perdón por una cita que quizá esté por encima de las posibilidades de comprensión de las personas educadas en los valores del laicismo radical.

Roberto Pardos tenía solo 18 años cuando llegó a El Noticiero, de Zaragoza, como linotipista y pocos más cuando le nombraron regente del taller. Recuerda en el libro que fui yo mismo quien, como director, le anunció que la empresa había depositado la confianza en él para este cargo. Era un periódico con 140 empleados y fue su primer gran amor periodístico.

Ha sido un gran jefe, con todas las cualidades necesarias para ello: buena persona, el mejor compañero, exigente y comprensivo, trabajador y sereno, con ansias de conocer las novedades que iba presentando el mundo de la edición, desde la tipografía y el offset hasta la informática. Ha vestido el mono de trabajo y ha sido consejero de directores y editores que valoraban su cualificación técnica y su sentido común.

Recuerda en el libro anécdotas impagables como cuando nos reíamos de Carlos Rojo, redactor deportivo, el día que nos dijo que dejaba el periodismo para encargarse de vender zapatillas de una marca entonces desconocida… que resultó ser Adidas. O cuando, aficionado al ciclismo como siempre ha sido, un día que Indurain visitó el periódico se atrevió a pronosticarle que tal como corría nunca ganaría un Tour, afirmación que le valió a Roberto el sobrenombre irónico de ‘El Profeta’.

Leer el libro es una gozada para quienes hemos conocido varias redacciones. Es periodismo en estado puro visto desde el taller, un viaje al corazón de la prensa, y cierto ejercicio de nostalgia, al menos para mí, que me ha devuelto el recuerdo de años iniciales cuando coincidí con Roberto en días y noches interminables, cuando salíamos del periódico avanzada la madrugada y solo quedaba abierto el bar de la estación en el que íbamos a tomar algo, mientras seguíamos hablando… de periodismo.

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