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La inopia frente al monstruo

Jóvenes conversos engrosan las filas del Estado Islámico mientras brindamos al sol con ordenanzas sobre el burka
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Desde hace décadas, vivimos en la inopia sobre el yihadismo. Políticos, medios de comunicación, sociólogos, fuerzas de seguridad... hemos sido partícipes del desconocimiento y la ignorancia sobre el verdadero cariz del monstruo que ha anidado en nuestra sociedad. Hasta que nos lo topamos de bruces, y cada vez con mayor frecuencia.

La larga bronca sobre la paternidad de los atentados del 11-M en Madrid es el ejemplo por antonomasia. Unos se empeñaron en achacarlos a ETA y otros a la intervención española en Irak, cuando ahora sabemos que la matanza se fraguó en el horno yihadista mucho antes de la guerra de Irak y completamente al margen de circunstancias políticas españolas. El monstruo ya hacía años que tenía vida propia y crecía alimentado por dinámicas inadvertidas e ininteligibles desde nuestra óptica occidental.

Desde entonces, los debates públicos sobre cómo frenar el islamismo radical se han movido entre el electoralismo y la trivialidad, lejos de intentar identificar y combatir el origen del problema. Hemos pasado años discutiendo cómo regular o impedir la apertura de mezquitas, mientras el yihadismo ya estaba en la fase de reclutamiento de jóvenes para luchar e inmolarse en Afganistán, Irak, Siria... El caso de Reus es paradigmático: el veto a la apertura de nuevas mezquitas ha tenido como consecuencia que la única existente es la que predica y propaga el salafismo radical.

Nuestras respuestas a un fenómeno tan sorpresivo como complejo oscilaban entre el buenismo y la xenofobia, mientras los combatientes islamistas regresaban convertidos en una amenaza terrorista sin precedentes. Y ahora descubrimos que jóvenes catalanes conversos engrosan las filas del Estado Islámico, mientras nos entretenemos en brindar al sol con ordenanzas sobre el burka.

En fin, que tras años y años tratando un tumor cerebral con aspirinas para el dolor de cabeza, ya no queda más remedio que afrontar una intervención en profundidad. Porque la macabra realidad es que nos jugamos muchas vidas en el envite.

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